Instituto Nacional de Tecnología Industrial

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EDITORIAL
Cuando controlar también es promocionar
Investigación privada, saberes públicos
Los números de la crisis industrial
Vivienda Social:

- Políticas orientadas al mercado en Chile, Costa Rica y Colombia

- Propuesta INTI - Construcciones

- Experiencia santafesina en vivienda social

La gran empresa como eje del desarrollo regional
Sector servicios: migración de puestos de trabajo
Sistema de disposición de desechos humanos
El control del espectro radioeléctrico
SEMINARIO INTI
“Tecnología eficiente y economía social: Los mejores caminos para generar trabajo popular”
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Investigación privada, saberes públicos

  
Ha comenzado un debate alrededor de la investigación en el desarrollo de semillas, cuyo alcance supera el límite sectorial. La discusión comenzó hace algunas pocas semanas, ante el anuncio de la firma Monsanto que desactivaría su labor en el país, en investigación sobre semillas de soja, para concentrarse en maíz.

La diferencia entre un cultivo y otro, en rigor entre trigo y soja por un lado y maíz, sorgo o girasol por el otro, es que en los primeros la fructificación se produce por autofecundación en cada planta, de un modo tal que no permite la polinización cruzada, esto es: que el polen de una planta fecunde la flor de otra. Esto último sí es posible en el maíz, girasol o sorgo, con diverso grado de dificultad, pero posible. Se obtiene en este caso un fruto híbrido - combinación de dos líneas genéticas - que si es usado como semilla para un cultivo posterior, genera rendimientos superiores a los de una línea simple.

El efecto económico para los semilleros es directo. El grano de trigo o soja, si es adecuadamente acondicionado, puede ser usado como semilla en la siembra siguiente. Por lo tanto, un chacarero cuidadoso no necesita recurrir a la compra de semilla año a año.

En cambio, el grano producto de la siembra de una semilla híbrida de maíz, sorgo o girasol, no debe ser usado como semilla en el siguiente ciclo, porque el cultivo obtenido sería enteramente heterogéneo, por dispersión de los atributos genéticos, que reducirían su valor comercial. Quien siembre semillas híbridas, debe recurrir al semillero todos los años.

Esta diferencia, y sus efectos sobre la rentabilidad de los semilleros, es por supuesto conocida desde siempre. Sin embargo, la cuestión toma otra dimensión cuando aparecen las variedades con un trabajo de ingeniería genética incorporado, buscando incorporar diversos factores, como resistencia a pestes, a sequía o a enfermedades post cosecha. Aquí hay un trabajo de investigación adicional y costoso, que en el caso del trigo o la soja, luego queda en manos del chacarero, que puede decidir comprar la semilla una sola vez.

El dilema es importante: ¿Cuál es la condición que permite incentivar y dar sustentabilidad a la investigación en un producto ( las semillas de trigo o soja son solo un ejemplo aislado) cuyos resultados son de fácil - o de conveniente - apropiación colectiva?

En el mundo desarrollado se han planteado esta pregunta de todas las formas posibles y en infinidad de foros. La respuesta ha terminado por ser homogénea: En esas situaciones la columna vertebral de la investigación deben ser instituciones del sector público. Es decir: la evolución científica y tecnológica de aquello que es de apropiación social - porque se quiere que sea así o por razones técnicas - debe ser financiada con impuestos.

Sin esta nitidez conceptual, así ha sucedido en el pasado en la Argentina, porque muy importantes desarrollos en semillas fueron hechos en el INTA, así como los laboratorios de YPF o SEGBA o ENTEL fueron quienes lideraron la innovación local en los respectivos sectores. Los cambios en la estructura productiva de los últimos 15 años, no solo hicieron desaparecer al Estado de la producción directa sino también de la investigación y el desarrollo en todos esos sectores. El capital humano fue absorbido por el sector privado o quedó desocupado; la producción directa fue reemplazada por la iniciativa privada, en algunos casos con mejor eficiencia y la investigación y el desarrollo en buena medida se evaporaron. Antes de la ola privatizadora el desarrollo con apropiación social era responsabilidad implícita del sector público. Después de esa ola, aún no aparece como responsabilidad explícita.

Por tal falta de precisión, es posible discutir los derechos de Monsanto en los términos actuales, donde la empresa propone - y se considera posible - la creación de tasas sobre la venta de los productos finales, que resarcirían a los semilleros por su investigación. En rigor, si copiáramos a las políticas mas exitosas - Australia o Canadá, por ejemplo - se podría aplicar una tasa o simplemente se destinaría una pequeña alícuota de los impuestos actuales para financiar una actividad de un organismo público ( en este ejemplo INTA), que fuera potente y sostenible en el tiempo, de modo de contar con una base de conocimiento nacional difundible. Esto no impediría la actividad de otros actores, pero recorrería el camino del sentido común, que indica que la concentración de la capacidad de mejorar los bienes - económicos o no - a los que la comunidad tiene amplio acceso o que son básicos para la subsistencia, será seguramente negativo para la calidad de vida general en el largo plazo.

¿Alguien puede imaginar como sería vivir en una sociedad en que, frente a niveles crecientes de contaminación del aire, una empresa fuera dueña exclusiva del conocimiento sobre como contar con aire puro? Toda iniciativa que nos acerque a ese infierno, aunque sea en mínima proporción, debería ser revisada.

     

   
Fecha 2004-03-24 04:48:54
Nombre Eduardo Baird
Titulo Técnico Químico
Comentario La política de Monsanto en muchos aspectos bordea con la ilegalidad. No sólo nos impone su soja frankestein, con un 200 % más de glifosato de lo permitido (Le Monde Diplomatique), sino que contribuye de muchas maneras a la destrucción de nuestra biodiversidad.