Nro. 19 - Agosto 2004

 
SUMARIO

EDITORIAL
Que se vengan los chicos

La joven China
El INTI y la China

Certificar el valor agregado

¿Ensayar o no ensayar?

Primera Encuesta Nacional de C&T

Remover, Rellenar, Reusar

El INTI y la problemática ambiental

Sergio Casimiro sueña un puente
Alcances y actividades del INTI en la Patagonia 
Cifras para pensar
Micromecanismos en un chip
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EDITORIAL

Que se vengan los chicos
Por Enrique M. Martínez*

Hay un creciente interés por contar con un programa de desarrollo industrial para el país. Es un muy buen síntoma que empresarios, economistas, periodistas y políticos comiencen a sentirse inquietos por el diseño de una perspectiva de largo plazo. Quiere decir, ante todo, que ha bajado el nivel de angustia y de ansiedad que predominó hasta hace bien poco.

Ahora comenzamos a creer que se puede estar mejor. Y pasa a preocuparnos el cómo. A partir de una verdad elemental: no cualquier camino asegura el éxito y en todo caso, algunos caminos deben ser mejores que otros. Nos hemos de ocupar de esta cuestión en profundidad y en poco tiempo, la conducción del INTI difundirá un documento sobre los dilemas del crecimiento argentino. Hoy analizaremos apenas un aspecto del tema: qué papel le debería quedar reservado a las pequeñas empresas argentinas en ese futuro a concebir y concretar.

El grado de concentración y de simultánea extranjerización de la producción argentina, durante los últimos 20 años, es bien conocido. Ese hecho es muy preocupante, pero no solo por los posibles efectos sobre la balanza de pagos, a mediano y largo plazo. También y ante todo, porque esas inversiones externas se ocupan del aprovechamiento de nuestras ventajas competitivas estáticas –los recursos naturales– y de controlar los principales mercados de bienes de consumo interno. Salvo muy escasos ejemplos, el resto de la industria, aquél que debe construir su ventaja competitiva a partir de la inteligencia, la innovación y la organización ha quedado como responsabilidad del capital nacional. Esos atributos, hasta hoy, parecieran ser considerados de origen genético, con ninguna estructura pública preparada para incentivarlos, contenerlos o apuntalarlos.

El resultado, por supuesto, es que si los sectores “fáciles” están en manos de las corporaciones más poderosas de la tierra, los sectores “difíciles”, tienen pocas probabilidades de éxito, si es que deben crecer por su propio y exclusivo esfuerzo. Y sin embargo, es la competitividad “construida”, mucho mas que aquella estática, la que define la posibilidad de mejora continua de la calidad de vida de una comunidad.

Es evidente que sostengo que debe fortalecerse el apoyo oficial a los sectores productivos donde es posible construir ventajas competitivas dinámicas –la metalmecánica, la electrónica industrial o de entretenimiento, los bienes de capital, el software- y que debe buscarse que en ellos tenga todo el protagonismo posible el capital y la inteligencia nacionales. Sucede, no obstante, que tanto hemos perdido de vista el sentido de apoyo a un sector industrial, que ni siquiera quedan claros los instrumentos a aplicar.

No estoy pensando en el crédito barato o en las estructuras impositivas favorables, como elementos centrales a ofrecer, de manera genérica. Ambos componentes son necesarios, pero antes que ellos, mas importantes que ellos, se necesita ayudar a construir una cultura empresaria que crea que las ventajas competitivas pueden fabricarse; que competir depende de cosas mas importantes que un favor oficial o una transitoria situación de control de mercado. Este concepto en parte lo hemos presentado en editoriales anteriores, pero lo que está pendiente de aportar es nuestra idea de cómo superar el planteo discursivo. Qué medidas tomar para que el Estado señale y acompañe el camino correcto.

Cualquier plan en este sentido debiera tener dos partes: una definición clara de cual es la conducta empresaria que se espera y una señal inequívoca de que se apoyará a quien adopte esa conducta.

En un contexto tan desfavorable como el que representa la economía global, dominada por dimensiones económicas varios órdenes de magnitud superiores a las de un empresario pequeño o mediano argentino, solo se podrá sumar quien tenga un categórico respeto por la calidad y la eficiencia productiva. También debe creer en la cooperación al interior de la cadena de valor como factor relevante para su competitividad. Finalmente, también debe asumir que hay que competir dentro y fuera del país, que su presencia internacional debe ser una faceta normal de su actividad.

La banca pública –como inductora del comportamiento del mercado financiero– debiera, frente a estas metas, definir montos y tasas disponibles muy favorables, para quienes puedan certificar la calidad internacional de sus procesos o productos, incluyendo entre los beneficios la financiación necesaria para adecuar sus sistemas de producción, de modo de acceder a tales certificaciones.

Asimismo, esa banca debiera tomar en cuenta en su evaluación de crédito parámetros tales como el índice de eficiencia energética o las horas hombre utilizadas por unidad de producto. En una etapa superior de la puesta en marcha de esta nueva visión bancaria, también debiera considerar el esfuerzo de capacitación del personal y la forma en que se lo retribuye acompañando los aumentos de productividad. En definitiva: quien dispone de un recurso escaso en el país –el capital– debiera utilizar su poder para inducir a las empresas a mejorar su dotación del otro recurso escaso: la tecnología.

En cuanto a la cooperación y la aceptación de la dimensión supranacional del mercado, tal vez puedan incentivarse en simultáneo. Hace varios años que se han tomado iniciativas –luego abortadas– para darle entidad diferencial y tratamiento impositivo favorable a los consorcios de exportación y a las empresas de comercio internacional, que operan por cuenta de terceros. Con todas las precauciones necesarias para evitar los fraudes, es necesario contar con una legislación para el tema, ya que es una realidad objetiva que el comercio externo tiene costos fijos que representan una barrera para las unidades mas pequeñas.

En definitiva, conseguir creer que el desarrollo es posible, a partir de un pasado reciente tan traumático como el nuestro, necesita mucha convicción y mucha docencia y compromiso. Faltan los protagonistas. Hay que moldearlos y hay que cuidarlos. Es tarea de todos.


* Presidente del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial)

     

     

    
Fecha 2004-08-11 09:17:23
Nombre David Iannicelli
Titulo Mercado Interno
Comentario Me resulto muy interesante la nota "Que se vengan los chicos", pero me gustaria agregar una opinión que espero sea de caracter constructivo.En relación a no olvidarnos del mercado interno, como un elemento indispensable para el desarrollo de nuestro país, ya que muchas empresas exportan productos de excelente calidad, y obtienen divisas extranjeras, pero esto genera que esos mismos productos sean a su vez inaccesibles para nuestro mercado interno, llegando en algunos casos a generar desabastesimiento, sumado a los vacios ya generados por la ausencia de productores locales en determinadas areas y que ciertos productos ya no se importan. Tambien debemos producir para los argentinos y confiar en nosotros mismos. Ese es un aspecto importante a evaluar como exigencia a aquellas empresas que seran favorecidas por su caracter exportador, en criollo: hagamos una de cal y una de arena.
Desde ya muchas gracias, por el espacio de opinión.
Fecha 2004-09-01 03:30:00
Nombre Juan M. Cassissa
Titulo Mercado Interno + Mrcados Externos = Mayor Competi
Comentario En relación con el comentario del lector David Iannicelli sobre la necesidad de que los productores argentinos abastezcan asimismo al mercado interno a la par que abren y expanden mercados externos, o sobre el impacto que dicha exportación tendría sobre el nivel de precios de los mismos productos dirigidos al mercado interno, deseo destacar que hay abundante bibliografía sobre la conveniencia de que toda empresa que desarrolle o decida desarrollar la actividad de exportación como parte de la estrategia permanente de su negocio, tenga asimismo sólidas raíces en el mercado interno, y mantenga a éste último convenientemente abastecido según su estrategia de producto y de marketing. En cuanto a su estrategia para el mercado interno bien puede que cubra todo el territorio nacional o determinadas regiones, o ciudades, y asimismo, sólo determinados segmentos de esos mercados, para lo cual fija también una política de precios, de distribución y de comercialización. La teoría señala que en determinadas empresas, sectores y productos, tener una estrategia de desarrollo de ambos mercados -interno y externos- permite, entre otras políticas, operar con Margen de Contribución, dependiendo la viabilidad de proceder de ésta manera del tipo de producto, la diferenciación de éste último para cada uno de esos dos tipos de mercados, las escalas de producción requeridas por el primero y por los segundos. No hay que olvidar que si bien, en general para las empresas argentinas, el porcentaje de la producción de un bien específico dirigido a la exportación suele ser mucho menor que el porcentaje de lo comercializado en el mercado interno, el flujo hacia el exterior suele exigir un gerenciamiento especializado con desarrollo de producto, fijación de precios y eventual determinación de política de comercialización, más acotados que para el mercado interno. En consecuencia, aún siendo el porcentaje de la producción para exportación menor que el destinado al mercado doméstico, aquella porción suele transformarse en el elemento más dinámico dentro de la empresa, generando y transmitiendo sinergia positiva hacia la empresa en su totalidad. Además, en casos de productos de series largas con escalas de producción grandes, hay que tener en cuenta lo relativamente reducido del mercado argentino, es absolutamente necesario avanzar en el mercado externo para complementar el lento crecimiento del doméstico, y para justificar y absorber las inversiones en bienes de capital y tecnología que se requieren para mantener o aumentar la productividad, y también la calidad, en niveles acordes con los de los competidores en otros países del mundo.
En el Informe Okita y en el Okita II, se hizo especial hincapié en la necesidad de desarrollar las exportaciones de bienes argentinos manufacturados de origen agropecuario o de origen industrial a partir de apoyarse siempre en el mercado interno para salir al mercado internacional, de manera gradual, sin dejar de generar ingresos y márgenes de utilidad apropiados en el ámbito doméstico, el cual opera como red de seguridad para los altibajos que pudieran sufrir las primeras experiencias en mercados del exterior.
Asimismo, ha sido siempre un axioma, que nadie ha rebatido o negado, señalar la virtud de las exportaciones para trasladar al interior de la empresa exportadora los avances que los mercados externos requieren para poder competir en igualdad de condiciones con la producción local o de terceros orígenes o, lo que es lo mismo, volcar hacia adentro de la estructura productiva el conocimiento que los empresarios acumulan en su trajinar por los mercados internacionales. Muchas veces ese conocimiento se refiere a diseño, o en nuevos y más altos patrones de calidad, o en las prestaciones del bien en cuestión, o en la innovación tecnológica incorporada, o en servicios de post-venta, entre otros factores, y ello se traduce en mayor competitividad adicional y decisiva a un producto del cual se beneficia asimismo el consumidor doméstico.
La política de precios requiere de especialistas para su fijación en ciertos productos y para ciertos segmentos del mercado, ya que muchas veces es la relación calidad-precio o prestaciones-calidad-precio lo que determina el éxito o el fracaso del impacto sobre el consumidor-objetivo. Por ello, no resulta tan fácil abrir juicios sobre el impacto de las exportaciones de ciertos bienes sobre sus precios hacia el mercado interno. No es lo mismo, gravar la exportación de materias primas básicas (como la soja, o el petróleo crudo) para apropiarse justamente de cuasi-rentas provocadas por movimientos en precios del mercado internacional que obedecen a causas que no tienen nada que ver con lo económico, o para evitar que una brusca devaluación genere desabastecimiento interno de bienes y servicios básicos como alimentos y energía, respectivamente al mismo tiempo que aquella devaluación no se traslade a precios internos que profuncicen la crisis económica y social.
En resumen, exportar produce la incorporación de externalidades en la empresa productora que termina por mejorar el producto y el desempeño del mismo y de la empresa toda en el propio mercado interno.
Ahora bien, ha sido tradicional en la historia reciente de la Argentina que cuando el propio mercado interno se reduce en grado importante, una gran porción de empresas, sobre todo PYMES, que no habían pensado en la exportación como parte de su estrategia global del negocio, procurar salir a los mercados externos generalmente en forma desesperada, sin adecuada preparación y con productos que no están adaptados a los requerimientos obligatorios y no obligatorios en los mercados potenciales. Pero en el caso de la última crisis económica, social y política de fines de 2001 y en 2002, de la cual nuestro país parece estar saliendo felizmente para ingresar en una etapa de consolidación de la recuperación económica-, la "base de sustentación" (el mercado interno) de improviso dejó de existir. La magnitud de la caída en la demanda interna y en tan corto período de tiempo, no parece tener antecedentes en nuestro país. En esas circunstancias excepcionales, que haya habido PYMEs argentinas que pudieron mantenerse, y en algunos casos hasta crecer, por la vía de la exportación sin contar siquiera con la posibilidad de trabajar con combinaciones de costos fijos y variables en el ámbito doméstico vis-a-vis el externo, permite suponer que en muchos casos ya había un desarrollo exportador previo a la crisis mencionada, con productos adaptados y fabricados según el objetivo de mercado y los gustos de los consumidores locales en éstos últimos, y que la devaluación brusca y violenta del peso argentino frente a la divisa dólar permitió superar los atrasos cambiarios que impedían a muchas PYMES argentinas ser competitivos meramente por precio y no por calidad, diseño o tecnología incorporada. En ese contexto, las eventuales políticas diferenciales de precios entre los mercados interno y externo, dejaron de tener importancia. El margen de la devaluación permitía compensar sobradamente cualquier problema de costos, aunque no los desabastecimientos en ciertos eslabones de las cadenas productivas por falta de producción local de insumos o partes o bienes intermedios y sin posibilidad de ser importados en medio de los cambios bruscos de paridad peso-dólar.
Por lo menos, es posible que la situación descripta precedentemente se haya verificado más en el ámbito del Mercosur y de los mercados de nuestra región, de América del Sur, que en mercados más alejados, menos tradicionales, con otros idiomas y con estructuras de acceso al mercado y de mercadeo más complejas o diferentes a las conocidas por los empresarios argentinos, por ej. en el Sudeste asiático, incluyendo China. No obstante, en mi opinión, esta hipótesis, independientemente de su verificación o no, podría indicar también un cambio copernicano en el pensamiento de los empresarios PYMEs argentinos,en los sectores de Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA) y Manufacturas de Origen Industrial (MOI), en relación con los comportamientos tradicionales hasta la década de los ochenta inclusive: es decir, el número de empresas que procuran una salida desesperada a la exportación a partir de la caída estrepitosa del mercado doméstico, sin preparación previa, con productos no adaptados a los mercados externos podría ser, en términos relativos, mucho menor que en décadas anteriores. De verificarse la hipótesis que sostengo en este breve texto, estaríamos ante un hecho importante, y si se quiere histórico. Por primera vez, los empresarios argentinos habrían estado preparados con productos adaptados a ciertos mercados externos -aunque fueren sólo los del MERCOSUR, lo cual de todas maneras es absolutamente positivo y válido-, permitiéndoles sobrevivir a la tal vez más catastrófica crisis económica y de demanda interna que haya experimentado nuestro país en toda su historia. En este sentido, tal vez no estaban equivocados algunos expertos que venían señalando desde mediados de la década de los 90 que el parque industrial argentino se había modernizado en buena medida en esos años a través de la importación sustancial de bienes de capital, sin o con aranceles sumamente bajos. No obstante, la posibilidad cierta de que en varias ramas industriales se estén alcanzando los techos de capacidad instalada de producción, indicaría la necesidad imperiosa de incorporar en el corto plazo nuevos flujos de inversiones en capital fijo, desarrollo de tecnologías, innovación tecnológica, y otros desarrollos empresariales. Más aún si se pretende mantener la elevada tasa de incorporación anual de PYMES a la corriente exportadora al tiempo que las mismas se encuentren asimismo en condiciones de responder a eventuales expansiones bruscas de la demanda y el consumo interno (estén éstas últimas variables motorizadas o no por elevaciones del salario mínimo o simplemente por la consolidación de la recuperación económica en curso). En consecuencia, no cabe duda que, para que las PYMES argentinas puedan reequiparse y estar en condiciones de incrementar sus volúmenes de producción, su productividad, con innovación y desarrollando nuevos productos, se requiere de crédito para inversión y para capital de trabajo, y a tasas pasivas que permitan ubicar el punto de equilibrio con una TIR razonable. Simultáneamente, esas empresas deberán apalancarse en el mercado interno y en los externos, en lo posible, tratando de ganar nuevos mercados tanto en la Unión Europea -más aún en caso de concretarse el Acuerdo de Asociación Mercosur-UE- y también con Asia del Este y el Sudeste asiático. Finalmente, parecería que el manejo del tipo de cambio real es uno de los instrumentos clave para mantener la competitividad precio que varios productos industriales argentinos han recuperado en los últimos dos años. No cabe duda que esta es una variable vital para los empresarios, sobre todo PYMES y en series cortas, que no pueden recurrir al Margen de Contribución para contrarrestar eventuales situaciones coyunturales de caída del tipo de cambio real.

Fecha 2004-09-01 03:44:04
Nombre Juan M. Cassissa
Titulo Fe de erratas - Mercado Interno + Mercados Externo
Comentario Fe de Erratas:
Donde dice "...tasas pasivas..." debe decir "...tasas activas....".