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adentro
Por Enrique M. Martínez*
Tal vez sea necesario recordar con frecuencia –día
a día– que las bases de la organización social
moderna tienen un componente contradictorio, con el cual hay que
aprender a convivir. En efecto, todos amamos la libertad y la consideramos
un bien supremo. También entendemos que la propiedad privada
forma parte de las aspiraciones individuales más elementales.
Pero cuando la libertad de iniciativa y la propiedad privada se
convierten en los motores excluyentes de la evolución social,
se generan conflictos muy agudos. Ante la puja alrededor de bienes
escasos y la concentración de poder resultante, el Estado
debe intervenir con un poder regulador de dimensión proporcional
al posible conflicto, que es siempre grande. Ninguna sociedad ha
podido resolver esta contradicción. Si se deja ejercer por
todos, en plenitud, los valores esenciales que se quiere defender,
sobreviene el desastre. Por lo tanto, toda comunidad está
en permanente tensión, buscando equilibrios que hagan vivible
el hoy y ahora. La evidencia más notoria de los fracasos
es la pérdida de posibilidades de una fracción grande
de la población. La llamada exclusión, o marginación,
de millones de seres humanos sin recursos ni horizonte, carga de
responsabilidades y de culpas tanto a funcionarios como a gente
común con sensibilidad. Las discusiones sobre la forma de
mejorar la perspectiva de los marginados llena bibliotecas enteras,
pero además, el conflicto social resultante queda en evidencia
en las calles cada día.
Hay otra forma de exclusión que no recibe la misma atención
y que buena parte del tiempo logra pasar desapercibida. Es la auto
exclusión de los poderosos; la omisión de quienes
más tienen y pueden, respecto de una serie de obligaciones
comunitarias. En términos individuales, ya es un clásico
de la defraudación colectiva inscribir una propiedad a nombre
de una sociedad extranjera, o dejar de pagar impuestos inmobiliarios,
contando con la prescripción del pago a los cinco años
de la obligación. Hay partidos de la provincia de Buenos
Aires donde el dueño de un campo que se presenta a pagar
los impuestos es saludado como un personaje extraño. Pero
aún mas oculto queda el incumplimiento de otras obligaciones.
El incendio de la disco el pasado diciembre muestra, por ejemplo,
que la inscripción de una sociedad comercial en el exterior
no debe ser examinada solo en sus aspectos impositivos. Esa conducta
también significa eludir la responsabilidad que le corresponde
a quien trabaja de organizador social, que está definiendo
escenarios de acción colectiva que pueden reunir miles y
miles de personas. Por lo tanto, una empresa “off shore”,
en esta actividad, puede ser legal según las normas económicas
o financieras, pero debiera ser totalmente prohibida según
las normas de responsabilidad civil más elementales, pues
está preanunciando un fraude ético y moral peligroso.
Hay temáticas de alta importancia tecnológica que
han sido –y son– muy vapuleadas a consecuencia de esta
cultura sesgada, que establece una relación lineal y simple
entre el inversor y sus obligaciones, limitando éstas solo
a lo impositivo o legal más elemental. La privatización
de empresas de servicios, por ejemplo, no estableció la obligación
de realizar investigaciones en el país. Un resultado: el
equipamiento del laboratorio de YPF en Florencio Varela, el más
importante de Sudamérica, se vendió como chatarra
de hierro y de vidrio. Los equipos de investigación de SEGBA
o de ENTEL, se diseminaron a los cuatro vientos.
Los incentivos vigentes a las inversiones –amortización
acelerada o recuperación anticipada de IVA– no discriminan
su aplicación según el origen de los bienes utilizados,
por lo que no hay ningún estímulo para usar equipos
nacionales. La facilidad para importar bienes cuando luego se los
ha de transformar y re-exportar –el régimen de importación
temporaria– no establece diferencia alguna entre la posibilidad
de importar materias primas a las que luego se les aplica un largo
proceso industrial o materias semielaboradas a las que se les haga
un modesto retoque, con lo cual no se estimula la integración
nacional de la cadena de valor. Estos ejemplos siguen y siguen,
en algunos casos por tortuosos caminos. Pero todos tienen un sesgado
denominador común: suponer que quien tiene capacidad económica
inversora es bueno para el país. No importa que esa capacidad
se use para beneficio de un pequeño grupo, descartando a
muchos otros eslabones posibles de diseminación de trabajo.
No importa que el efecto sobre la organización social sea
negativo. Esta forma de exclusión –exclusión
de las obligaciones comunitarias, omisión de una visión
estratégica integrada a sectores amplios de la sociedad–
es en rigor la causa de la otra, la que aparece en los diarios y
en las calles, como pobreza y marginación. Ignorar la primera
es consolidar la segunda.
Incluir a los poderosos en un sistema de derechos y obligaciones
de amplio espectro, que supere la mirada de la AFIP, es una asignatura
pendiente.
* Presidente del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial)
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| Fecha |
2005-03-08 10:33:21 |
| Nombre |
Martha Tassini |
| Titulo |
La buena educación |
| Comentario |
Señor Mrtínez.
No es la primera vez que escribo destacando su capacidad de leer la actualidad social, del lado progresista entendiendo ésto ni mas ni menos del que considera a su congénere como un igual.
En éste país las mismas personas que hoy critican las retenciones que sabemos contribuyen a dar de comera los que no tienen y han impedido hambrunas en el 2001, son las mismas que no pagan sus impuestos o las que recurren al estado pidiendo seguridad sin pensar que las injusticias han hecho nuestro medio inseguro.
Paìs desigual e injusto a pesar del esfuerzo o la buena voluntad de muchos cosas ambas que no alcanzan para mejorar la situación.
Hace muchos años personas como yo nos embanderamos por el cambio social a través de la educación y la justicia, pero no alcanzó o no supimos hacerlo.
Todo mi respeto a su actividad y a la institución que dirige.
Martha Tassini
Trabajadora Social
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| Fecha |
2005-03-09 09:08:06 |
| Nombre |
Mariano Winograd |
| Titulo |
El sindrome de ...yo argentino... |
| Comentario |
Plantea con acierto E. Martinez que .." Ante la puja por bienes escasos y la concentración de poder resultante, el Estado debe intervenir"...
Agrega que ..."la exclusión carga de responsabilidades y culpas a funcionarios como a gente común con sensibilidad"...
Considero que la mayor parte de los lectores de Saber como somos al menos parte de estas ultimas e incluso aun de los poderosos (o mejor expresado incluidos) a que hace referencia luego.
Yendo a la especificidad tecnologica, Martinez hace denuncias concretas con especial hincapie en las empresas privatizadas y las distorsiones impositivas.
Llega entonces al meollo del asunto, es cierto que no todo proyecto inversor es bueno para el pais, y que en algunos casos su efecto sobre la organizacion social es negativo, por omitir visiones integradas.
Mi discrepancia o mejor duda, surge al reflexionar sobre la asignacion de responsabilidad casi exclusiva sobre el sector empresario que sugiere el articulo.
Yo me pregunto, la dirigencia sindical, los representantes del pueblo, los administradores estatales y aun Doña Rosa, no tuvieron nada que ver con este lamentable proceso historico?
Cuales han sido las condiciones materiales e institucionales que lo hicieron posible?
Porque las transformaciones sociales de los 50´s y de los 70´s no bastaron para revertir el ciclo descendente?
Porque fue posible hacerlo en España, Irlanda o Corea?
En fin reflexiones para seguir pensando....yo ...argentino¡¡¡
Mariano Winograd
DNI 11.986.757
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