Parafraseando un conocido tango, inicio éste
resumen diciendo que “la historia vuelve a repetirse”.
No es el primer rascacielos que sufre un gran incendio y todo apunta
que no será el último dado que la subestimación
de los riesgos que existen por parte de los agentes gestores y ocupantes
de éste tipo de edificios, les hace estar más pendientes
del aquí y ahora que de las pautas preventivas que no solo
deben preocuparnos, sino también ocuparnos en tratar de mitigar
los riesgos que conllevan los edificios en altura.
Hemos presenciado la noche del sábado 12 de febrero a través
de las cadenas Telemadrid y TVE 1, la retransmisión durante
8 ininterrumpidas horas del incendio de este edificio emblemático
madrileño. El abnegado locutor, que hacía la retransmisión,
ha manifestado de forma repetida que el origen del siniestro había
sido un cortocircuito eléctrico en la Planta 21, y que lo
más importante era que no se produjera el colapso del edificio
y la afectación a los edificios colindantes, con lo que sin
duda estamos de acuerdo, toda vez que el edificio, muy afortunadamente
se encontraba vacío de ocupantes, y parece ser que incluso
de vigilantes.

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Por el contrario no ha mencionado en ninguna ocasión nada
sobre:
1. La aparente inexistencia, o fallo total de los diversos medios
de prevención y protección de incendios que deberían
haber detectado automáticamente el incendio, y permitido
quizá su extinción manual por el personal de vigilancia.
2. El sistema de rociadores automáticos que deberían
haber controlado y/o extinguido el incendio.
3. Los elementos de compartimentación y resistencia al fuego,
que deberían haber confinado el incendio en una planta durante
un largo periodo de tiempo.
4. La voracidad y rápida propagación del mismo en
un edificio de oficinas cuya carga de fuego en principio se clasifica
como poco grave.
La sensibilidad de nuestra sociedad ante los incendios es escasa
y con frecuencia se atribuye su casuística a la fatalidad.
La cultura sobre prevención y protección de incendios
es asimismo escasa. No existe formación universitaria reglada
sobre la ingeniería de protección de incendios, que
contempla el diseño, instalación y mantenimiento de
los sistemas de prevención y protección de incendios.
Sería precipitado aventurar un origen a éste siniestro,
dada la cantidad de variables que intervienen desde las estrictamente
casuisticas hasta las que pudieran guardar dejos de intencionalidad
y arsonismo con fines estrictamente especulativos, no obstante hay
algo que si queda demostrado con éste nuevo siniestro: existe
una ausencia patológica de profesionales con formación
universitaria en ésta materia que se denomina ingeniería
de protección de incendios, y que es la causa primigenia
del estado inaceptable de los sistemas de protección y prevención
de incendios en los edificios de altura y en muchas industrias de
riesgo de nuestra sociedad.
Este tipo de siniestros ocurren en todas las macrociudades que
a diario promocionan edificios con sistemas de seguridad “garantizados
mediante detección iónica y termo-velocimétrica
con amplia posibilidad de zonificación…”, según
rezaba el folleto de promoción de éste edificio. Como
es por todos conocido, éste tipo de sistemas son de una sola
oportunidad, es decir: el único tipo de mantenimiento que
nos vale es el preventivo. Por buenos que sean los sistemas de seguridad
si no están sometidos a un seguimiento riguroso y sistemático
de acuerdo a las pautas de suministro, de poco nos valdrán
en el momento de requerir su actuación.
El gobierno de Madrid prepara 242 revisiones especiales para aquellos
edificios de más de 50 metros de altura (equivalentes a unos
20 pisos). Algo parecido acaba de ocurrir en Buenos Aires con los
locales de pública concurrencia de cuya inspección
parece que ahora se ha tomado conciencia, o sea que no solo allí
se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.
Esperemos que ésta advertencia sirva para conocer a fondo
en que estado se encuentran los edificios de altura de la ciudad
de Buenos Aires y no sea menester el incendio de alguno de ellos
para tener que sensibilizar a los responsables de su seguridad.
Por Dr. Juan Carlos López
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