¿Por qué suben los precios en un
país? Según la teoría más primaria,
porque hay un exceso de demanda. Esto es: porque la gente tiene
mucho dinero en el bolsillo, con el cual ejerce presión sobre
los productores de bienes, quienes a su vez tienen su capacidad
de manufactura colmada y aumentan su ganancia elevando los precios.
Por esto las recetas de manual prescriben una reducción de
la cantidad de moneda en circulación, o sea disminuir el
crédito y la emisión monetaria, frenando además
los posibles aumentos de salarios.
Sin embargo, en la Argentina actual casi la mitad de la población
está bajo la línea de pobreza o con problemas de desempleo.
Como hecho correlativo, salvo excepciones parciales, la capacidad
ociosa de la industria sigue siendo alta. Ni qué decir de
la producción de alimentos, en la que Argentina produce bienes
en claro exceso por sobre la demanda potencial. Simplificando: en
una primera mirada, no se cumple ninguna de las condiciones básicas
para que haya inflación.
Entonces: ¿Por qué suben los precios en ESTE país?
Nuestra interpretación – dura, pero que nos convence
– es:
Primero: luego de varios años de tener tanta gente fuera
del consumo, los llamados excluidos, son enteramente excluidos;
no existen para el mercado, ni siquiera como expectativa de consumo
futura. El mercado verdadero es el de un país más
chico que el real, un país con 20 millones de personas. Es
en este universo donde se analiza si la gente tiene más dinero
en el bolsillo. Y efectivamente, en este momento, esta fracción
de argentinos dispone de algún peso más que hace dos
años.
Segundo: las empresas que atienden el mercado de 20 millones se
han ido concentrando enormemente, tanto en el segmento de comercialización
final (hipermercados) como en la etapa de producción industrial.
Esa concentración les permite manipular los precios a la
suba, frente a la mera expectativa de bonanza por parte de quienes
compran.
Llevando la situación argentina actual hacia el modelo teórico
simple, podríamos decir que hay mayor liquidez en el segmento
de población con demanda efectiva, y enfrente hay una oferta
oligopólica, con capacidad de administrar sus precios de
venta. Frente a esto, el gobierno reitera cierta visión estándar,
que en tal marco parece lógica: apunta a restringir la liquidez
de los que tienen dinero y procura negociar con los formadores de
precio.
Lo verdaderamente preocupante para el futuro del país es
que el diagnóstico, y la hipotética solución
al brote inflacionario, omiten tener en cuenta y contestar algunas
preguntas centrales:
1 – ¿Y con los 18 millones de compatriotas que están
afuera del mercado, que hacemos? Porque con la lógica anterior,
si pudieran consumir, aumentaría la inflación.
2 - ¿Y con la oferta oligopólica que hacemos? Porque
si se torna ineludible negociar todo el tiempo con ellos para contener
la inflación, se convertirán en el verdadero poder
de la República.
Por supuesto que la inflación es una enfermedad peligrosa.
Por supuesto que es necesario controlarla. Pero en este momento
de la vida argentina estamos intentando hacerlo sin todos los actores
necesarios en el escenario.
Intentamos sostener que el único diseño sustentable
para Argentina hoy, es el de un país con 38 millones de consumidores,
que se aprovisionen a partir de una oferta múltiple, que
compita en calidad y en precios. Para esto faltan consumidores y
faltan productores y comercializadores.
Sobre los ejes de la inclusión, para conseguir que todos
trabajemos y consumamos, ya hemos presentado algunos aportes, tanto
en esta publicación, como en otros documentos. Permítasenos
esbozar, aquí y ahora, algunas ideas sobre la forma de aumentar
la competencia, especialmente en la oferta de los bienes básicos
para la vida cotidiana.
Para reducir la concentración en la oferta de bienes es necesario
actuar sobre dos cuestiones: la posibilidad de comprar y vender,
por un lado; la posibilidad de producir con calidad y costo adecuados,
por el otro.
COMPRAR Y VENDER
Los hipermercados tienen costos operativos más altos que
un pequeño supermercado. Su ventaja competitiva, en realidad,
se funda en su poder económico y financiero de compra, que
elimina intermediarios en la cadena de comercialización,
les permite negociar mejor con la industria grande, y establecer
una relación asimétrica con los pequeños y
medianos productores, que muchas veces se traduce en la imposición
de condiciones abusivas de precio, pago, consignación, devolución,
etcétera. En ese marco, una política recomendada es
fortalecer el poder de compra de los comercios más pequeños,
locales con hasta 4 a 5 cajas, con dos mecanismos en paralelo:
A - Promover, con una combinación de estímulos crediticios
y de desgravación impositiva, la creación y fortalecimiento
de clubes de compra directa de comerciantes a productores, pensados
como figuras estables y de largo plazo.
B - Prohibir por ley, a imagen y semejanza de la normativa norteamericana
desde hace 70 años, que un productor venda el mismo bien
a dos precios distintos, y en condiciones comerciales diferentes,
en puerta de su fabrica. Esta legislación, discutida, violada,
modificada varias veces, ha servido sin embargo, para tener siempre
presente la necesidad de defender la igualdad de oportunidades en
el sector comercial.
Una tercera medida, que resulta la opuesta de la equivocada política
aplicada desde hace ya muchos años, es desgravar a los pequeños
comercios en lugar de desgravar a los grandes hipermercados. Tanto
a escala municipal, como provincial y nacional, se pueden reducir
tributos que amplíen las opciones de bocas de expendio, sin
afectar en ninguna medida relevante los ingresos públicos.
MÁS PRODUCTORES CON CALIDAD
Y COSTOS ADECUADOS
Las economías de escala en los sectores de producción
de bienes básicos son muy modestas. No se justifica la concentración
y la tendencia al gigantismo; menos aún el abuso de poder
económico, que permite invertir enormes sumas en propaganda
o realizar prácticas de dumping, vendiendo bajo el costo
para desplazar un competidor.
Hay un punto, sin embargo, que sí se puede asociar positivamente
con la disponibilidad de recursos: el acceso a la mejora de la tecnología
y a la organización para cuidar la calidad. Se necesita tener
alguna espalda para pensar en la mejora continua en una empresa,
sin tener que correr del banco al proveedor, de ahí al distribuidor,
al contador y vuelta a la ronda.
Este aspecto también es válido para los comerciantes
pequeños.
Toda unidad económica pequeña, o aún mediana,
necesita incorporar de manera continua mejoras a su proceso y a
su gestión, sin un solo momento de descanso. En apoyo de
esta afirmación casi dogmática, podríamos tomar
como referencia la experiencia que el INTI esta llevando adelante
con la Agencia de Cooperación Japonesa (JICA) para ayudar
a 23 empresas autopartistas, en cuatro zonas del país, para
mejorar sus costos mediante la reducción de sus existencias
intermedias de materiales e insumos en proceso. El trabajo terminará
recién en marzo de 2006, pero las evidencias de posibilidad
de mejora son tan categóricas - especialmente a partir de
la información transmitida por los consultores japoneses
- que hasta es legítimo preguntarse cómo algunas empresas
pueden trabajar y competir. Por supuesto, esta pregunta tiene una
sola respuesta: amortizando los sobrecostos de la ineficiencia organizativa
a expensas de los salarios, que son más reducidos de lo que
podrían ser.
Nuestra idea es que con una labor sistemática, con
importante peso y compromiso del Estado en ella, se puede hacer
competitivas muchas pequeñas unidades, tanto en el mercado
interno, como para habilitarlas a exportar. El instrumento es el
mejor uso de la tecnología dura y blanda. En muchos casos
la organización es el factor central. Y simultáneamente
podrán pagar mejor a su gente.
Este camino conceptual debería romper la trampa ideológica
que sostiene que un pequeño productor solo puede competir
pagando poco o en negro a sus empleados, como un hecho irremediable.
Aceptar esta premisa nos llevaría a concluir que al fin y
al cabo la única manera de gestionar la economía es
con las grandes empresas. Los efectos de esa lógica son perversos,
tanto para la economía cuanto para la democracia, porque
llevan a subordinar la política pública a la negociación
con un puñado de corporaciones. No dudamos en afirmar que
por esa vía no habrá una mejor calidad de vida para
todos.
Son miles los actores empresarios nacionales que adecuadamente asesorados
y supervisados pueden sumar su oferta en toda la cadena agroalimentaria,
en la vestimenta, en los muebles, en todo tipo de artefactos para
el hogar y el esparcimiento. Se trata de un vacío clave a
llenar si es que queremos hablar de economía de mercado en
serio; si queremos evitar una economía regimentada, solo
que en lugar del Estado, esa conducción la realizan menos
de 100 grupos económicos.
El tratamiento tradicional de la inflación en los términos
del escenario económico actual nos permite calificarla de
inflación a puertas cerradas. Fuera, “la ñata
contra el vidrio”, están 18 millones de personas y
seguramente más de 100.000 empresarios o candidatos a serlo.
Los necesitamos adentro. En tal escenario, podrían subsistir
los problemas de inflación. Pero en ese caso, serán
otros - bien distintos - los instrumentos a utilizar para calmar
la fiebre. No deberíamos perder de vista las prioridades.
* Presidente del INTI (Instituto Nacional de Tecnología
Industrial)
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