Nro. 32 - Septiembre 2005
 
SUMARIO

EDITORIAL
El tercer Estado

Productos eléctricos: seguridad a la vista
Aceite de oliva argentino: leyenda y actualidad del principal productor de América del Sur

Nuevos sabores para el vino

Responsabilidad Social Corporativa. Un caso paradigmático

Requisitos para la obtener la “Licencia Social para Operar”

Responsabilidad Social Científico-Técnica ¿Y por casa cómo andamos?

Vientos de Cambio
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EDITORIAL

El tercer Estado
Por Enrique M. Martínez*

Necesitamos reflexionar sobre las relaciones al interior del Estado. Los conflictos en hospitales o en la docencia no son los únicos, pero debemos admitir que son dolorosos, se asocian con sentimientos profundos a los que se hace a veces muy difícil ordenar y convertir en ejes racionales.

Es una reiteración de la conducta humana construir alternativas falsas frente a situaciones traumáticas. Me he preguntado muchas veces por qué nos cuesta tanto avanzar – y tantas veces fracasamos – al construir escenarios para superar situaciones injustas.
Una y otra vez la explicación surge de aquella frase del pedagogo brasileño Paulo Freire, tan simple y clara a la vez: cuando el dominado busca liberarse, es usual que solo tenga como referencia la conducta y los valores del dominador.
Es decir, una situación no deseada –concretemos: el capitalismo salvaje– no se caracteriza solamente por la explotación, la marginación de millones y la falta de oportunidades. También se caracteriza por un conjunto de valores que definen la habitualidad de la relación entre los seres humanos en ese sistema.
En el capitalismo salvaje, quien manda tiene un margen amplio de arbitrariedad en sus decisiones. Este “derecho” forma parte de la caracterización hasta física del explotador. En ese contexto, resistirse es, ante todo, no hacer. No hacer lo que la arbitrariedad del otro determina. Y si es posible, mientras la relación no cambie, no hacer nada, porque toda acción positiva sería a favor del explotador.
Cuando aparecen condiciones para cambiar las cosas, en la memoria colectiva hay solo dos conductas a elegir: ser arbitrario o resistir la arbitrariedad, casi siempre con la invitación a no hacer. No es sorprendente –no debería serlo– que cuando pasamos de resistir a conducir, muchos de nosotros seamos automáticamente arbitrarios. Y cuando permanecemos en situaciones de subordinación, nuestra única respuesta ante la discrepancia sigue siendo no hacer.

En la función pública estas conductas también se dan, son mucho más controvertidas y tienen una historia aún más compleja.
En efecto, sin retroceder mucho en el tiempo, nuestro país ha tenido durante los últimos 30 años gobiernos que –en forma militante o en forma pasiva y resignada– han reducido la capacidad del Estado de promover e implementar una mejor calidad de vida comunitaria. El modelo de sociedad defendido ha sido el que el capitalismo salvaje pudiera construir.
Se ha producido por tanto una dramática paradoja. En todo ámbito público –sea de definición política, como un Ministerio o de prestación de servicios, como un hospital o, por qué no el INTI– quien condujo ha sido arbitrario. Con la misma arbitrariedad vigente en una empresa privada, con una lógica que conduce casi inexorablemente a que el organismo se pone a disposición del beneficio personal.
Y los conducidos han centrado su atención en conseguir su continuidad como empleados –la pelea por la estabilidad– y en resistir a través de no hacer. En muchos de esos años fue necesario defender el más elemental derecho a no ser echado porque sí. Ley tras ley se forzaron retiros voluntarios, pases a disponibilidad y toda treta posible para el achique. En definitiva: el Estado operó como una organización privada. De las peores, porque hay muchas empresas, de toda dimensión, que tienen mucho mejores relaciones laborales que las que se hicieron usuales en el Estado argentino.

¿Y hoy? Queremos un Estado distinto. ¿Qué es un Estado distinto?
Ante todo: un órgano se define por su función. El Estado que no queremos tenía la función –insólita– de hacer desaparecer el Estado. Casi lo logra.
¿Y el qué queremos?
Como un todo, el Estado debe administrar los conflictos sociales buscando mejorar la calidad de vida general. Cada unidad operativa, en consecuencia, debe generar políticas (en la administración central) o aplicar esas políticas y brindar un servicio público (el resto). El Estado que queremos debe hacer, no deshacer.
Si se admite este marco, se hace clara la posibilidad de contradicciones entre el fin institucional –brindar un servicio a la comunidad– y aspectos de la vida cotidiana al interior de cualquiera de las instituciones públicas.
Pongámoslo de esta manera: Si quien conduce es arbitrario –por inercia cultural– y los conducidos resisten a partir de no hacer –como hasta ayer-, el fin institucional no se cumple. Hasta ayer, francamente, no era posible considerar éste como el problema central. Nuestro drama nacional marcaba otras urgencias. ¿Y hoy? Creo que sí. Creo además que es urgente hacerlo.

Puestos a resolver el problema, con toda la buena voluntad, hay soluciones aparentes y soluciones auténticas.
Una solución aparente pasa por creer que el cambio de una sola parte consigue el cambio total. Me explico con un ejemplo: Si quien conduce busca como objetivo único no ser arbitrario, puede que el resultado que consiga sea dejar de ser conducción, mas que asegurar el cumplimiento del fin institucional. En efecto; la cultura dominante es tan fuerte que quien se limite a atender los reclamos de los conducidos puede que se encuentre sólo con temas de la antigua resistencia que no tienen en cuenta un efectivo cumplimiento del fin institucional. En el límite, el tema dominante puede llegar a ser que la conducción la ejerzan los conducidos, pero siempre en términos de los viejos valores. Sólo se conseguiría cambiar la arbitrariedad de dueño.

La solución auténtica es difícil porque necesita que se actúe en todos los planos simultáneamente. A mi criterio, quien conduce – casi diría, obviamente – debe alejarse de toda arbitrariedad. Pero a la vez que rechaza ese modelo de conducta, debe plantear la búsqueda de consensos – ante todo y sobre todo - para el efectivo cumplimiento de los fines institucionales, reclamando de los conducidos que los reclamos se encuadren en esa meta superior.

La jerarquización de metas- primero la función – es la esencia básica de un Estado digno. Por supuesto que todo se vincula, porque una conducción inadecuada o conducidos mal pagos o desmotivados afectan con fuerza a la función, pero fijar un orden de prioridades parece ser el primer paso para comenzar a cambiar la historia.
Reiterando. Se ha repetido hasta el cansancio que la empresa privada busca la rentabilidad y si ésta no existe, no existe la empresa. Del mismo modo, debiéramos repetir y repetir que el sentido de la función pública es brindar un servicio comunitario y sin éste aquella pierde todo fundamento.
¿Qué pasa si asumimos esta idea en plenitud?
Quienes conducimos cualquier área de gobierno debemos abocarnos de lleno a optimizar la calidad del servicio que nos toca brindar. Parte sustancial de esa responsabilidad pasa por asegurar condiciones de trabajo y salariales dignas para los integrantes de cada Institución. Nadie puede escudarse en el hecho de que no se puede hacer nada para mejorar la situación heredada, a causa de que la decisión sobre esto supuestamente no pase por quien administra un ente. En ese caso hay que irse, porque se estaría siendo tributario del viejo Estado, el que sirvió sólo para sus cúpulas mientras se lo destruía. Sin la gente no hay servicio. Sin servicio no hay Estado.
Quienes son conducidos, a su vez, deben entender – y es necesario hacerles entender – que el centro de su interés no puede ser la confrontación con la conducción, como fue la rutina de tantos años y como suele ser irremediable en buena parte de la actividad privada. Un gremio estatal que reclama sólo sobre condiciones laborales y omite toda referencia al servicio que se brinda y cómo mejorarlo, equivoca el sentido estratégico de la pertenencia al sector público.
Trabajar en el Estado no es meramente vender la fuerza de trabajo. Es trabajar para sí y para la comunidad. Ambas facetas deben ser satisfechas. Cuando atendemos una sola, algo anda mal. Cuando no atendemos ninguna de las dos, volvemos al pasado y destruimos el Estado.

En definitiva: ¿qué hacer?
Se habla todo el tiempo de construir un nuevo Estado. Esto no quiere decir construir nuevos organigramas. Quiere decir instalar nuevos valores. Arriba, abajo y en el medio. En todo el ámbito. En definitiva: un nuevo Estado será aquel donde los valores asumidos por sus integrantes sean distintos, prioricen la función pública colectiva y de allí deduzcan cómo debe desempeñarse quien conduce y cómo quien es conducido.
¿Cómo se hace?
Alguien tiene que romper el círculo vicioso del pasado, con el modelo de conductas de cada parte que tanto mal nos hace. Casi seguramente, deben ser las conducciones, ya que los ámbitos gremiales tienen más inercia y les cuesta más concretar cambios. Pero el desafío es difícil. Es cambiar uno y ayudar al otro a cambiar, construyendo en ese proceso un sistema de valores nuevo: el del servidor público, que pocos puntos – o ninguno – tiene en común con los valores del capitalismo salvaje.


* Presidente del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial)

    
Fecha 2005-09-06 08:55:27
Nombre Patricia Eliana Fernández
Titulo El Tercer Estado
Comentario Desde hace algunos meses en el interior de nuestra red de organizaciones hemos estado discutiendo los conflictos gremiales de los trabajadores del Estado. También las relaciones de nuevo tipo que queremos establecer en el interior de nuestras empresas sociales. Este artículo contribuyò al debate, es sencillo, claro y una buena herramienta para la acción.
Lo hemos seleccionado como artículo de debate en los encuentros entre los trabajadores - autoempleados de las fábricas sociales y en el Frente de Profesionales y Docentes Rodolfo Walsh quienes seguramente recrearán y enriquecerán estas ideas.
Fecha 2005-09-22 08:49:06
Nombre Mariano Winograd
Titulo Justo en el blanco
Comentario He usado con frecuencia el infrecuente privilegio democrático que Saber Como, el INTI y especialmente Enrique Martinez nos han ofrecido a los ciudadanos que así lo hemos aprovechado

La oportunidad de responder on-line a un funcionario e institución de semejante jerarquía no es frecuente en el mundo ni mucho menos en la Argentina (en realidad y con perdón de mi audacia creo que en la Argentina es ....la única que existe de semejante jerarquía y transparencia)

El presidente Martinez ha dado esta vez...JUSTO EN EL BLANCO

Algunos ciudadanos que (tal vez con inmodesta soberbia) nos consideramos habilitados para emitir opinión al efecto...creemos que parte del consenso que infortunadamente obtuviera Carlos Menem de nuestra sociedad...se debió al hartazgo que algunas gentes de a pie...tuvimos y tenemos en el preciso sentido de la nota sobre El tercer estado

Los funcionarios públicos se sienten víctimas de la injusticia....los ciudadanos de a pie....nos sentimos a veces víctimas de ellos (de los funcionarios públicos que nos desconsideran)

Si en la República Argentina coincidieran 25 presidentes o directores de organismos públicos con el coraje, la lucidez y el tesón de Enrique Martinez...y se comprometieran para la batalla que él propone....la salida de la convertibilidad no habrá sido en vano

Si Enrique Martinez se queda solo predicando en el desierto....este proceso aparentemente virtuoso que stamos viviendo....(y no creo ser agorero sino realista) se agota en un par de años...como ya ocurriera tantas veces


Gracias Martinez por convocarnos con la verdad.
Mariano Winograd
Frutihorticultor - Ciudadano - Padre