Nro. 45 - Octubre 2006
 

EDITORIAL
¡Quiero mis duraznos!

Los dilemas del desarrollo a 20 años del Informe OKITA
Echando luz sobre un mercado sombrío
Asociativismo en el sector textil-indumentaria

Residuos de pesticidas en productos lácteos

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El diseño al servicio de necesidades sociales

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EDITORIAL
¡Quiero mis duraznos!

Ing. Enrique Martínez
Presidente del INTI

Cuando era chico y volvíamos en febrero a la pequeña finca mendocina de mi abuelo, uno de los placeres distintivos era comer duraznos de la variedad Elberta. Era un durazno amarillo y grande, con forma de trompo, de carozo suelto y piel delgada, con un aroma maravilloso y una pulpa que explotaba en la boca, de sabor sin igual. Era el rey de los duraznos.
Tenía un solo problema. Tan tierna era su carne, que al rozarla o apretarla, aunque fuera levemente, se oscurecía. Decían allá que “no servía para transporte”.
En los cincuenta años que pasaron desde aquel recuerdo, los ingenieros agrónomos que trabajan sobre la genética frutícola eligieron un camino nítido: fortalecer la producción de variedades

resistentes al transporte, apoyando así a la concentración de la oferta en pocos lugares y en pocas manos. El resultado ha sido que yo, y seguramente otros muchos argentinos, prácticamente hemos dejado de comer duraznos. Lo que aparece a nuestro alcance de habitantes de Buenos Aires es un producto que no se marca con los golpes, pero que no tiene aroma ni sabor, que debe ser retenido en casa días enteros antes de poder siquiera intentar comerlo y que en ese camino compite con los hongos, que frecuentemente lo pudren antes de madurar.
¿Era la única opción técnica?
Seguro que no. En lugar de concentrar espacialmente la producción, los genetistas pudieron trabajar adaptando el durazno Elberta o similares a climas distintos del mendocino. Seguramente, hoy podríamos tener una variante porteña, una cordobesa o una de la Patagonia, y los amantes de la fruta de calidad seguiríamos deslumbrándonos cada febrero o marzo con ese don de la naturaleza. Eso hubiera tenido efectos en la organización económica. En lugar de pocos y grandes productores de durazno de corcho, hoy habría muchos y pequeños oferentes de buenos sabores y aromas, en diversos lugares del país.

En términos personales, en cincuenta años, a consecuencia del camino elegido, he perdido unas dos mil sensaciones de placer gastronómico sin igual. Quiero que me devuelvan mis duraznos.
El mercado seguiría funcionando, pero en lugar de regir la norma de la concentración de poder económico, tendría vigencia un precepto hoy casi oculto: que una empresa sólo tiene sentido por la calidad y pertinencia de los servicios o bienes que produce.
¿Cuál es la meta esencial de una sociedad? ¿Que alguien gane dinero produciendo, por ejemplo, duraznos, o que todos podamos disfrutar comiéndolos? Si podemos hacer compatibles los intereses del productor y del consumidor, ¿por qué favorecer una organización social que destruye esa convergencia, poniendo como bien supremo y excluyente la acumulación de riqueza, sin límite?
El ejemplo, repetible hasta el infinito, no cuestiona la iniciativa empresaria, ni cuestiona la razonabilidad del justo beneficio económico, ni al mercado como subsistema acotado pero eficiente de asignación de recursos. Hay dos grandes líneas: la que pone el enriquecimiento como fin supremo y la que, en cambio, señala que el lucro es un premio a la iniciativa y al riesgo del emprendedor por encarar la satisfacción racional de necesidades humanas y debe estar subordinado a este verdadero y defendible objetivo.
Los valores comunitarios adecuadamente explicitados y defendidos por organizaciones sociales muy activas, junto con un Estado conciente de que su acción permite decidir entre opciones, que además se apoye en la tecnología todo lo posible y necesario, pueden evitar males que hoy son notorios y construir escenarios mucho más favorables para nuestra calidad de vida.
La producción de energía de manera concentrada, distribuyéndola luego a largas distancias, tiene efectos económicos y de organización social muy distintos que el uso local de la energía eólica o solar o a partir de residuos orgánicos, producida lugar por lugar.
La reaparición de cinturones hortícolas en toda ciudad del país, puede cambiar por sí misma la ecuación alimenticia de nuestra población.
El reciclado y el reuso como norma a aplicar por los fabricantes originales de computadoras, autos o equipos electrónicos provoca en todo el mundo un rediseño de componentes y equipos de la mayor importancia, que aquí aún no se discute.
Podríamos seguir un rato, pero no es el largo listado el que nos puede ayudar a cambiar, porque termina convirtiéndose en un largo lamento. El primer cambio es el decisivo: entender que debemos enterrar aquello de que la obsesión por ganar dinero es la regla que ordena al mundo. Esa subjetividad del emprendedor es legítima, pero debe estar al servicio de la provisión de bienes y servicios en condiciones dignas y para satisfacer necesidades comunitarias. ¿Quién debe juzgar si esto es así? Una combinación con fortaleza creciente de la sociedad y el Estado, que termine contando a favor con protagonistas centrales emergentes de los propios emprendedores.
Esa es la tendencia mundial. Si no logramos acompañarla, seguiremos comiendo mal, lamentando el trabajo esclavo, produciendo energía que luego se dilapida, contaminando nuestros cursos de agua y el aire. Todo esto tiene un origen común: la mirada única sobre el dinero como fin y no como medio.

    
Fecha 2006-10-12 06:46:08
Nombre Mariano Winograd
Titulo Reflexionando con Martinez
Comentario El presidente del INTI debe ser un agrónomo vocacional. Nunca deja de sorprendernos con su entusiasmo y pertinencia acerca de los temas agrícolas que propone para la discusión

En este caso me cabe como lector y ciudadano coincidir bastante y discrepar en algo

Es muy atinada la invitación de Martinez al desarrollo local y especialmente a lo que podriamos parangonar con el rol multifuncional del desarrollo agrolocal
No cabe más que adherir al concepto

En segunda instancia y en aras de la brevedad, recordar
- Que el durazno Elberta fue desarrollado por genetistas de América del norte y no por los de San Rafael
- Que correspondió a una etapa de la globalización frutícola pero difícilmente hubiera sido eterno.
- Que si el mejoramiento optó por el corcho...fue porque la demanda así lo refrendó con sus compras
- Que el equipo de postcosecha de la UC Davis propone hoy retornar a la calildad organoléptica por manejo post cosecha (que se hace mal) además de por mejoramiento

- Que finalmente es muy pero muy bueno que el INTI y su presidente inviten a reflexionar sobre estos temas...y que muchos argentinos quisiéramos tener más espacio para compartir las conclusiones a que el debate conlleva.

Mariano Winograd
5 al dia - Argentina
Fecha 2006-11-15 03:04:35
Nombre susana grandi
Titulo no solo los duraznos!!
Comentario Excelente la editorial sobre los alimentos, si tan solo fueran los duraznos!! lo mismo ha pasado con tantos alimentos, tomates , zanohorias, damascos, etcetera...) este es el verdadero problema, haber dejado de lado el bienestar de la sociedad, como bien público, bienestar general y no individual tan solo. Apuntemos a esto y recuperaremos la sociedad y su vida en armonía.