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48 - Enero 2007 |
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Cambio
Climático:
las irreductibles razones
de la atmósfera
Por Roque Pedace* |
El gobierno británico encomendó a Sir Nicholas Stern,
quien fuera Economista en Jefe del Banco Mundial, la redacción
de un informe sobre las consecuencias económicas del cambio
climático y de las medidas para su mitigación. El
mismo fue difundido poco antes de la 12º Conferencia de las
Partes (COP12), miembros de Naciones Unidas sobre Cambio Climático,
realizada en Nairobi a fines de 2006.
La agenda central en discusión, tanto en esta ronda como
en las negociaciones venideras en los próximos años,
es la continuidad del esquema establecido por el Protocolo de Kyoto
después de la finalización de su vigencia en el año
2012. Los resultados obtenidos hasta entonces están determinados
por las obligaciones asumidas de manera vinculante por los países
industrializados, con la excepción de Australia y Estados
Unidos de América, quienes se negaron a firmar el Protocolo.
“La evidencia científica en estos momentos es abrumadora:
el cambio climático constituye una grave amenaza global y
exige una respuesta global urgente”, establece el trabajo
de Stern en total acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre
Cambio Climático (IPCC por su siglas en ingles), el cuerpo
de científicos y técnicos que informa a la Convención
Marco sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas. |
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La
concentración de emisiones de gases de efecto invernadero
en la atmósfera podría causar para el año 2035
un aumento medio de temperatura de más de 2ºC |
Este Informe ha evaluado una extensa serie de pruebas de los impactos
del cambio climático y de los costes económicos: “La
evidencia recopilada llega a una sencilla conclusión: los beneficios
de acciones enérgicas y tempranas superan con creces los costes
económicos de la inacción”. Esta es la tesis principal
que se fundamenta y cuantifica a lo largo del estudio.
“Utilizando los resultados de modelos económicos anteriores,
el Informe estima que si no actuamos, los costes globales y los
riesgos del cambio climático equivaldrán a la pérdida
de al menos un 5% del PBI global anual, ahora y siempre. Teniendo
en cuenta una mayor diversidad de riesgos e impactos, las estimaciones
de los daños podrían alcanzar un 20% o más
del PBI. Por el contrario, los costes de acciones pertinentes -reduciendo
las emisiones de gases de efecto invernadero para evitar los peores
impactos del cambio climático- pueden limitarse a alrededor
de un 1% del PBI global anual”. Para estos cálculos,
Stern utilizó tasas de interés relativamente bajas
que dan cuenta de la apreciación social del tiempo que media
entre las inversiones y sus efectos en el futuro. Este parámetro
y la aversión al riesgo adoptada son los factores que determinaron
en mayor medida los resultados estimados cuantitativamente. De este
modo, la acción temprana de mitigacion se justifica ya que
“las inversiones que se hagan en los próximos 10 a
20 años tendrán profundos efectos en el clima durante
la segunda mitad de este siglo y en el siguiente”, impactos
que serían de “un nivel similar a los riesgos asociados
con las grandes guerras y la depresión económica de
la primera mitad del siglo XX”.
Las intervenciones a nivel nacional, regional e internacional debieran
“basarse en una visión compartida de los objetivos
y en acuerdos sobre marcos que aceleren las acciones a lo largo
de la próxima década”. Para escándalo
de muchos economistas, subyace en la visión que se propone
compartir el hecho de que “el cambio climático constituye
el mayor fracaso del mercado jamás visto en el mundo”.
Consecuentemente se recomienda aplicar políticas públicas
activas de manera coordinada en una medida sin precedentes en la
historia económica de Occidente como un todo.
Los límites del costo-beneficio
La Convención de Cambio Climático establece que su
propósito principal es evitar el cambio peligroso. Definir
cuán peligroso es responsabilidad última de los gobiernos,
los cuales cuentan con el PICC para su asesoramiento en la materia.
El informe Stern elige del vastísimo material producido algunos
escenarios y criterios que en definitiva conllevan la definición
de una línea de corte. Esto es cuánto riesgo y qué
incertidumbres, sobre cuáles impactos económicos del
Cambio Climático estamos dispuestos a aceptar y hasta dónde
estamos dispuestos a pagar para evitarlos. Dicho de otro modo, hallar
un determinado esfuerzo económico en la mitigacion del cambio
que dará por resultado evitar ciertos impactos cuantificables
según una distribución de probabilidades cuyo cálculo
está afectado por diversas incertidumbres.
¿Cuál es el escenario de impactos que evalúa
el Informe? Es el de la continuidad de las tendencias actuales,
según el cual: “La concentración de emisiones
de gases de efecto invernadero en la atmósfera podría
alcanzar el doble de su nivel preindustrial tan pronto como el año
2035, comprometiéndonos prácticamente con un aumento
medio global de temperatura de más de 2º C. A más
largo plazo, habría más de un 50% de probabilidades
de que el aumento de temperatura superara los 5º C. Un aumento
de esta índole sería extremadamente peligroso; equivale
al cambio producido en las temperaturas medias desde la última
edad del hielo hasta hoy. Un cambio tan radical en la geografía
física del mundo tiene que dar lugar a importantes cambios
en la geografía humana, donde viven las personas y cómo
viven su vida”.
El informe concluye sobre los costes de mitigar para evitar este
escenario: “Los riesgos de los peores impactos del Cambio
Climático pueden reducirse sustancialmente si se consigue
estabilizar los niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera
en el equivalente de dióxido de carbono (CO2E) de entre 450
y 550ppm CO2. Las estimaciones centrales de los costes anuales de
lograr una estabilización de entre 500 y 550ppm CO2E se sitúan
en un 1% del PBI global, en el supuesto de comenzar a tomar medidas
enérgicas ahora”.
Emisiones de gases invernadero, año 2000
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Fuente:
Informe Stern |
Este último escenario de estabilización al que aspira
Stern implica una probabilidad significativa de un aumento de 3º
C. A su vez, esto conlleva la probabilidad significativa de la puesta
en marcha irreversible del derretimiento de hielos en Groenlandia,
que a muy largo plazo haría subir el nivel del mar hasta 7
metros sobre el nivel actual, entre otras cosas. No obstante, el informe
no procura protegernos de todos los impactos catastróficos
de este tipo. En otras palabras, cuantifica algunos impactos que considera
más probable que ocurran en este siglo. Por otra parte, excluye
escenarios de estabilización más ambiciosos (en términos
de reducciones y por ende de impactos ahorrados) por considerarlos
excesivamente caros en el tiempo disponible: “Ya sería
muy difícil y costoso intentar alcanzar una estabilización
a 450ppm CO2E. Si nos demoramos, puede que se pierda la oportunidad
de lograr una estabilización a 500-550ppm CO2E”.
Existen juicios de valor acerca de lo que es aceptable, tanto en
probabilidades e incertidumbres de que acontezcan impactos (catastróficos
o no), cuanto en lo que se puede hacer en términos de esfuerzos
económicos. El análisis costo-beneficio deja tanto
afuera que el informe bien podría concluir que preservar
la Tierra, tal como la conocemos hoy, resulta demasiado caro.
¿Equidad en el esfuerzo?
Otra cuestión de fondo en las negociaciones es quién
debe pagar la cuenta climática. No sólo por aquello
que aún es posible evitar, sino por lo que ya resulta inevitable:
“Ya no es posible impedir el cambio climático que tendrá
lugar a lo largo de las próximas dos o tres décadas,
pero aún es posible proteger en cierta medida nuestras sociedades
y economías contra sus impactos. (…) La adaptación
costará decenas de billones de dólares al año
tan sólo en los países en desarrollo, y ejercerá
más presiones sobre recursos ya de por sí escasos”.
La propuesta del informe reconoce en parte la injusticia de la
situación: “Los países más pobres son
los más vulnerables al cambio climático. Es esencial
que los países ricos honren sus promesas de aumento de apoyo
a través de la ayuda al desarrollo internacional”.
El problema que surge aquí es que “ayudar” no
es lo mismo que reconocer la deuda climática de los emisores
para con los afectados. Además de ser un planteo que invierte
los términos desde el punto de vista ético, sería
insignificante en lo cuantitativo, como ya se ha visto en más
de 50 años de ayuda al desarrollo.
Algo similar ocurre con la mitigacion: “Aún si los
países ricos asumen la responsabilidad de reducciones absolutas
en emisiones de un 60% a un 80% en 2050, los países en desarrollo
deben tomar medidas importantes también. Pero no se debería
pedir a los países en desarrollo que asuman la totalidad
de los costes de estas medidas por sí mismos, y no tendrán
que hacerlo. Los mercados de carbono de países ricos ya están
empezando a proporcionar flujos financieros para apoyar el desarrollo
de tecnologías bajas en carbono, a través del Mecanismo
de Desarrollo Limpio, entre otros”. También aquí
los menos culpables y menos dotados económicamente deberán
hacerse cargo de aquello que no calce con las conveniencias de los
países ricos. En efecto, los flujos del Mecanismo de Desarrollo
Limpio tienen por objetivo principal bajar los costos globales de
la mitigacion. Es uno de los instrumentos económicos que
permite a los grandes emisores “una reducción de emisiones,
en el momento, lugar, y modo en que resulta más barato hacerlo”.
Por otro lado, en el informe no se analiza un reparto más
equitativo, como sería asignar cuotas a los países
según sus emisiones per capita y según las acumularon
históricamente, lo cual habría significado obligaciones
muy superiores para los países industrializados. Tampoco
existen análisis sobre la inequidad climática en el
interior de las sociedades, esto es por ejemplo entre víctimas
y beneficiarios de la matriz energética basada en combustibles
fósiles.
Precisamente una concesión adicional del informe al statu
quo consiste en abogar por la extensión de vida del peor
combustible de esta matriz. “El carbón seguirá
desempeñando un papel importante en la mezcla energética
de todo el mundo, incluyendo las economías de rápido
crecimiento. La captura y almacenamiento de carbono a gran escala
serán necesarios para permitir el uso continuado de combustibles
fósiles sin dañar la atmósfera”. La tecnología
disponible para este propósito está todavía
en el laboratorio y tampoco permitiría las reducciones necesarias
en el tiempo disponible. Sin embargo, ya surtirían efecto
como droga de sedación ante la presión social por
cambios profundos y urgentes en favor de las energías renovables
y la eficiencia energética.
Es menester reconocer que Stern sostiene que “debería
incrementarse entre 2 y 5 veces los incentivos al despliegue”
de nuevas tecnologías, aún cuando evite entrar en
detalle sobre quién debe pagar o cómo se debe elegir
el menú. Esta tarea recae por ahora en nosotros, como técnicos
y ciudadanos, ya que el cielo tal vez pueda esperar pero la atmósfera
no.
Versiones
completas y sinopsis del Informe Stern
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*Maestría en Política y Gestión de la Ciencia
y la Tecnología (UBA)
Contacto: pedacher@infovia.com.ar
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