Nro. 61 - Febrero 2008
 

EDITORIAL
El activismo tecnológico

De la góndola al laboratorio
Las bicicletas públicas están llegando a Buenos Aires
Energía: el resto de la agenda
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Desarrollo e Innovación tecnológica. Ambientes saludables

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EDITORIAL

El activismo tecnológico

Ing. Enrique Martínez
Presidente del INTI

Hace unos cuarenta años, cuando con mi generación comenzamos a incursionar en política, el término activista estaba relacionado estrictamente con la construcción de proyecto, organización y poder político. Eran –éramos– activistas quienes dedicaban una proporción apreciable de su tiempo, sobre todo de su tiempo extra laboral en épocas de casi plena ocupación, a la reflexión y a tratar de difundir sus ideas y sumar adeptos a ellas. Activista y militante político eran términos casi sinónimos.

Una generación y un poco más después, aquella

palabra –a mi juicio– ha perdido bastante de su fuerte sentido histórico. Para el común de la gente, un activista es hoy más un miembro de una organización social o una entidad gremial con reclamos en la calle. Hoy un activista sería sinónimo de un “reclamista”, si es que ese término existiera.

Como sociedad no hemos ganado nada con el cambio de simbología. Nos gustaría ayudar a la resignificación del activismo como un elemento positivo, por todo el contenido transformador, de búsqueda de una sociedad mejor, que ello tuvo en Argentina y tiene en muchas sociedades del mundo. Sin jugar demasiado con las palabras, debe volver a ser virtuoso asumirse como activista de una causa justa, tanto que nadie asume –a nadie se le ocurre– ser “pasivista”, esto es: militante de la pasividad.

Nuestro aporte se concretará intensificando el activismo tecnológico, figura que necesita algunas precisiones. Hemos señalado en varios documentos institucionales que uno de los ejes de nuestro trabajo debe apuntar a ayudar a que los ciudadanos estén mas informados sobre la relación entre sus vidas y la tecnología. Claramente, la difusión de historias, anécdotas o conceptos que agreguen información ordenada y clara sobre la importancia y el uso de la tecnología ayuda. Pero no es suficiente. Porque en el mejor de los casos enaltece la mirada de quienes tienen curiosidad o interés previo en el tema.
El punto de inflexión, donde ese vínculo entre la vida cotidiana y el “saber cómo” se cruce y haga carne en mucha gente, sólo puede alcanzarse si logramos sacar a esos compatriotas de su cómoda poltrona donde son sólo consumidores y los ayudamos a comprender que su calidad de vida está vinculada a conocer, más y más, qué es lo que consumen, quién y cómo lo producen.

Existen normas sobre seguridad eléctrica, de juguetes, de repuestos automotrices y muchas otras que se aplican en el país, cuyos sellos se agregan a los productos, pero todo ese proceso pasa totalmente desapercibido para el ciudadano común. Lo mismo sucede con casi cualquier normativa relacionada con los alimentos. Salvo una mirada eventual sobre la fecha de vencimiento en un envase, cualquier consumidor sigue guiándose por su olfato, el sabor o el efecto digestivo de lo que come. Y sobre todo, por la imagen instalada por un bombardeo publicitario que condiciona o anula las propias capacidades perceptivas e intelectuales.

Nuestro activismo pasará, en este escenario, por hacer pruebas comparativas de desempeño de productos (ver la nota correspondiente). Elegiremos todas las marcas usuales en el mercado, las someteremos a todas las verificaciones que las normas nacionales e internacionales establecen para que un producto sea de buen desempeño o simplemente seguro y difundiremos los resultados. Pondremos –literalmente– la información en sus manos, explicando una y otra vez el por qué de cada conclusión.

Lo haremos en nuestros canales de comunicación habituales, pero también llevaremos nuestros informes a las bocas de expendio masivo, para que el consumidor sepa qué es lo que se ofrece y pueda decidir con fundamentos objetivos más claros. Seguramente es insuficiente para recuperar el valor histórico del activismo. Sin embargo, por un lado, es lo que está a nuestro alcance y lo haremos. Por otro lado, estamos intentando establecer una referencia de conducta y allí tal vez tengamos la posibilidad de ser más exitosos de lo que pueda parecer a primera vista.

Si a la vez que difundimos nuestros informes podemos inducir que su rigor se compare con la frecuente catarata de afirmaciones infundadas e irresponsables sobre aspectos técnicos, mal formuladas, mal interpretadas o directamente inventadas, que han ganado enorme espacio en la comunicación social, tal vez el rumbo cambie. Ese es el desafío. Parte de él al menos. El que nos toca afrontar.