Al abordar el estudio del desarrollo sustentable surgen dos grandes respuestas sobre la noción de este último concepto, la primera indica que la utilidad de las futuras generaciones no debe ser declinante; la segunda sostiene que el flujo total debe ser sostenido. Es decir, el flujo físico de los recursos desde las fuentes naturales, que pasa a través de la economía y regresa a los sumideros naturales, no debe ser declinante, con lo cual el capital natural se mantiene intacto.
Si bien en la teoría económica la “utilidad” es un concepto básico, no así el “flujo total”. En consecuencia, incorporar el concepto de flujo total fuerza el reconocimiento de las restricciones que las leyes físicas imponen a la economía. La sustentabilidad es una manera de sostener el valor de la longevidad y de la justicia entre generaciones, a la vez que se reconoce la mortalidad y los límites de toda cosa. Ya que gran parte de los flujos intercambiados son recursos no renovables; la vida esperada de nuestra economía es mucho más corta que la del universo. La sustentabilidad, en el sentido de la longevidad, requiere basarse de manera creciente en la parte renovable del flujo total y una voluntad para compartir la parte no renovable entre muchas generaciones.
En cuanto al desarrollo prima la teoría del “desarrollo como crecimiento global” y aquí nuevamente está en discusión dicha aseveración, sea por razones vinculadas con la sustentabilidad ambiental como por lo que atañe a la equidad social. A medida que la macro economía crece en sus dimensiones físicas (el flujo total), no lo hace en el vacío infinito. Crece y se establece sobre un ecosistema finito, incurriendo por lo tanto en costos de oportunidad del capital natural disponible y de sus servicios. Estos costos de oportunidad (agotamiento, polución, eliminación de servicios brindados de ecosistemas) pueden ser, y a menudo son, mayores que los beneficios productivos adicionales, fruto del crecimiento del flujo total que los originó. De este modo, los límites ecológicos están convirtiendo rápidamente el “crecimiento económico” en crecimiento “antieconómico”, haciéndonos más pobres y no más ricos. |
Aún si el crecimiento no acarreara costos ambientales, parte de lo que llamamos pobreza y bienestar es función de un ingreso relativo más que absoluto, o sea, de las condiciones sociales de la desigualdad distributiva. El crecimiento no puede mejorar el ingreso relativo de todos. En la medida que la pobreza y el bienestar son una función del ingreso relativo, el crecimiento resulta incapaz de afectarlas. Si la política para combatir la pobreza es considerada el crecimiento global, la banalidad y el derroche del crecimiento destinado a satisfacer las necesidades relativas de los ricos no puede ser ignorado. Incorporar el flujo total en la teoría económica como un concepto básico nos permite ver que los problemas del tipo descrito son necesariamente generados en paralelo con la riqueza. Cuando un flujo creciente genera males a mayor velocidad que la riqueza, su crecimiento se ha hecho antieconómico. Ahora bien, la globalización requiere que los países ricos crezcan rápidamente para suministrar mercados en los cuales los países pobres puedan vender sus exportaciones. Se piensa que la única opción que tienen los países pobres es exportar a los países ricos, y para hacer eso tienen que aceptar inversión extranjera de las corporaciones que saben como producir los bienes de alta calidad que los ricos quieren. La necesidad resultante de repagar estos préstamos externos, refuerza la necesidad de orientar la economía hacia la exportación y expone a los países deudores a las incertidumbres de flujos internacionales volátiles de capital, a fluctuaciones de tipo de cambio, a deudas impagables, a la vez que a los rigores de competir con poderosas firmas de nivel mundial.
La macro economía, por el contrario, se supone que crece en el vacío infinito, nunca colisionando o desplazando nada de valor. El punto a ser enfatizado es que la macro economía es también una parte de un mayor y finito todo: el ecosistema. Esta falta de entendimiento respecto de los costos del crecimiento en escala se debe esencialmente a ignorar los flujos totales y ha generado el problema de la falta de sustentabilidad ecológica.
La lógica de la ventaja comparativa es irrefutable en el marco de sus premisas. Desafortunadamente, una de sus premisas, como lo enfatiza el propio David Ricardo, es la inmovilidad del capital dentro de las fronteras nacionales. Cuando el capital es móvil, como en rigor lo es, entramos al mundo de las ventajas absolutas, donde, con seguridad, hay beneficios globales que surgen de la especialización y el comercio. Sin embargo, desaparece toda garantía de que cada país se vaya necesariamente a beneficiar por el libre comercio y bajo una ventaja comparativa. Una forma de salir de esta dificultad sería restringir con fuerza la movilidad internacional del capital, haciendo así al mundo más seguro para la ventaja comparativa. La otra forma sería introducir una redistribución internacional de las ganancias globales resultantes del comercio y producto de las ventajas absolutas.
Con respecto al “valor agregado” por el trabajo y el capital, éste tiene que ser agregado a algo y la calidad y cantidad de ese algo es importante. Hay una interpretación real y significativa, en la cual la contribución original de la naturaleza es efectivamente una “torta”, una totalidad sistémica, preexistente, que todos compartimos como una herencia. El reclamo para un acceso igualitario al legado de la naturaleza no es la codicia individual de lo que nuestro vecino produjo con su propio trabajo y abstinencia. El foco de nuestras demandas por contar con ingreso para redistribuir a los pobres debe ponerse sobre el valor de la contribución de la naturaleza, el valor original del flujo al cual se agregó posteriormente valor por medio de trabajo y capital.
Los economistas han considerado tradicionalmente a la naturaleza de dimensión infinita en relación con la economía, por lo tanto no escasa, y por tal razón se le ha asignado costo cero. Pero la naturaleza es escasa y esto se profundiza más cada día como resultado del crecimiento de los flujos. Un concepto de eficiencia necesita que los servicios de la naturaleza sean costeados. El valor original de aquello a lo cual el trabajo y el capital le agregaron valor debería pertenecer a todos y cada uno. La renta por la escasez de los servicios de la naturaleza, el valor agregado por la naturaleza, debería ser el foco de los esfuerzos redistributivos. El precio necesario o renta de escasez que se recaude a partir de los bienes públicos ambientales que se convierten en escasos deberían ser usados para aliviar la pobreza y financiar la provisión de otros bienes públicos. Por el contrario, existen bienes que por naturaleza no son escasos y no compiten, por lo que deberían ser liberados del corsé ilegítimo del sistema de precios, concretamente, se trata del conocimiento. Al contrario que una producción de bienes, el conocimiento no se divide al compartirlo, sino que se multiplica. No hay costo de oportunidad al compartir conocimiento, lo que se pierde es el monopolio, pero los economistas argumentaron hace mucho tiempo que el monopolio es algo malo, porque crea una escasez artificial que es tanto ineficiente como injusta. El insumo principal para la producción de nuevo conocimiento es el conocimiento existente, y mantener a este último artificialmente caro seguramente disminuirá el ritmo de producción del primero. Esta es un área que necesita mucha revisión, en especial, respecto de los argumentos habituales que defienden los monopolios de patentes. Globalizadores que impulsan el libre comercio bajo la consigna de “derechos de propiedad intelectual vinculados al comercio”.
Ahora bien, aplicar impuestos al valor agregado por los individuos al usar su propio trabajo y capital, crea resentimientos. Aplicar un impuesto a un valor que nadie creó – la renta de escasez de la contribución de la naturaleza – no debería crear resentimientos. En rigor, la incapacidad de aplicar impuestos a la renta de escasez de la naturaleza y la posibilidad de apropiación de ella como ingreso adicional por parte de individuos privilegiados, ha sido desde hace mucho una causa primaria de resentimiento y de conflicto social. Por otra parte, una mejora en la eficiencia por sí misma es equivalente a tener una oferta mayor del factor cuya eficiencia aumenta. El precio del factor ha de disminuir y se encontrarán más usos para el factor barato. Se consume más del recurso que antes, aunque de manera más eficiente. Una política de “primero austeridad”, en cambio, induce la eficiencia como una consecuencia secundaria.
Reducir la pobreza es el objetivo básico del desarrollo. Para ello es necesario promover políticas nacionales e internacionales que graven adecuadamente las rentas de los recursos naturales, para limitar la escala de la macroeconomía relativa al ecosistema y para proveer un ingreso para fines públicos. Estas políticas deben estar fundadas en una teoría económica que incluya el flujo total entre sus conceptos más fundamentales.
*Estracto del texto “Desarrollo Sustentable: Definiciones, principios y políticas” de Herman E. Daly (Abril 2002). School of Public Affaire; University of Maryland.
Texto completo en: www.inti.gov.ar/pdf/aportes7.pdf |