De tantos escenarios de puja de poder en el mundo moderno es tal vez el más siniestro, porque se mueven ejércitos sin rostro, buscando las mil maneras de ganar más o de perder menos, en una clara puja de suma cero, porque no se discute más trabajo, mejor ambiente, más calidad de vida. El resultado es previsible: pierden los más débiles; los asalariados, los desocupados, los que no pueden definir sus precios de venta, sino que algún otro se los determina. Décadas de lectura atenta de los comportamientos en esta confrontación llevan a advertir sólo dos formas de intentar mantener la situación bajo control.
La primera es la que aplica el manual neoclásico y asigna la causa original de la inflación a un exceso de demanda. Si es así, hay que frenar esa demanda. Frenar el alza de los salarios, reducir los créditos, aumentar los impuestos, son los caminos que se supone disminuyen el dinero que está en condiciones de ir al consumo y restan presión sobre la oferta, hasta que ésta pueda expandirse lo suficiente. Mirado desde la justicia social, este análisis es al menos paradojal. Para que la inflación no perjudique mañana a los que menos tienen, los perjudicamos ahora.
La alternativa -la "progresista"- viene siendo desde hace más de 50 años establecer controles de precios. Es decir: si el manual económico no funciona, apliquemos la política a la economía y frenemos los precios por acuerdos -si alguien aceptara respetarlos- o por la fuerza. Esta variante fracasa una y otra vez y nos deja frente a la primera como único camino. Esto está pasando una vez más en la Argentina , al punto que aparecen del sótano los economistas neoclásicos avisando: "ya les dije.".
Estamos en una trampa. Tan dura es esa trampa que pone en jaque aún a quienes no creen en la simple explicación del exceso de demanda. En efecto, hay quienes le dan la importancia debida a la alta concentración de la economía. Grandes hipermercados, productores que controlan más del 50% de la oferta de un bien, son actores que se escapan totalmente a la figura del oferente clásico, que busca simplemente satisfacer la demanda y en ese encuentro llega a un precio de equilibrio. Para nada. Hay por todos lados quienes fijan su tasa de ganancia primero y los precios a los que venden después, apoyados en todo el poder económico necesario para ello. Sin embargo, quienes entienden que eso sucede y que esa es una causa central de la inflación, proponen controlar los precios discutiendo acuerdos con esos poderes concentrados. Más de lo mismo. En realidad peor: esta mirada, aunque en el discurso actúe en nombre de los intereses populares, en la práctica consolida la concentración, asfixia cualquier alternativa de intentar una verdadera democracia económica.
¿Es que acaso hay un tercer camino?
Creo que sí. Es asumir como imprescindible desconcentrar la economía. Eso significa acotar el margen de maniobra de los más poderosos, a la vez que promover con fuerza la aparición y fortalecimiento de actores más pequeños. He mencionado varias veces que en Estados Unidos estuvo vigente -y se aplicó- por más de 50 años una ley que prohibía a toda industria de bienes de consumo vender su producto a precios diferentes al gran hipermercado respecto del pequeño comercio. Hubo allá mil formas de eludir esta ley y otras tantas formas de discutir legalmente y en la prensa estas maniobras. El fuerte tiene más poder. Pero aceptarlo como inevitable sólo hace que ese poder cada vez sea mayor.
Del mismo modo, conocer en profundidad las cadenas de valor y buscar con tenacidad la forma de que desaparezcan o se achiquen los eslabones que no agregan valor, es antiinflacionario casi por obvia definición. Si el pequeño ganadero puede evitar caer en manos del consignatario y luego del matarife, gana más por su novillo y el carnicero compra más barata la carne. Así de simple. Si se vincula al que produce con el que consume a través del mínimo número de eslabones necesarios, ganan los dos extremos: el que produce y el que consume. Aquí hay que poner tecnología al servicio de los pequeños, que está disponible.
El hecho de que no se recorran estos caminos no es fruto de un déficit intelectual, sino de un déficit político, de una superficial interpretación de la democracia económica con justicia social. ¿Obliga a bajar de los análisis macro a caminar la calle y conocer los mecanismos de detalle por los que se producen y distribuyen los bienes? Sí.
¿Es largo y difícil? Sí. Pero si no lo hacemos, seguiremos golpeando la cabeza contra la pared. Para peor, la cabeza ajena, la de los pobres.
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