La raíz etimológica de tecnología está formada por dos palabras griegas: téchne y lógos. Los griegos utilizaban el término téchne para designar un conjunto de reglas cuya aplicación permite conseguir algo (podría traducirse como técnica, arte u oficio). La palabra lógos puede traducirse como pensamiento, conocimiento o tratado. Si bien en principio la tecnología podría entenderse como la sistematización de los conocimientos y prácticas aplicables a cualquier actividad, generalmente se restringe al ámbito de la producción de bienes y servicios.
La tecnología moderna utiliza los métodos de la ciencia y la ingeniería en contraste con el conjunto de reglas empíricas que constituían las técnicas y oficios anteriores a la Revolución Industrial. Pese a esta sistematización de los conocimientos técnicos, su vastedad y complejidad hace muy difícil la transferencia mediante textos, dibujos o comunicación oral. De esta forma, el “saber hacer” o tecnología se genera y se perfecciona “haciendo”. Un fenómeno identificado por los primeros economistas en el siglo XVIII.
La producción industrial hoy se encuentra presente en mayor o menor medida en casi todos los países del mundo, pero la generación de tecnología está concentrada en unos pocos. Sin embargo, si el aprendizaje se logra haciendo, ¿cómo es que los países no generan tecnología, es decir, conocimiento industrial en la misma medida que producción? La clave para resolver esta aparente paradoja está relacionada con un tipo particular de producto: el bien de capital.
Los bienes de capital son aquellos que sirven para producir otros bienes o servicios. Su aparición en la Revolución Industrial para automatizar la producción permitió reemplazar la acción directa del operario sobre la materia a transformar, aumentando la productividad, mejorando la calidad y reduciendo el riesgo de accidentes. El trabajo del obrero se limita, desde entonces, a la operación de máquinas cada vez más productivas, confiables y precisas. El “saber hacer” está contenido en gran medida en el diseño de la máquina utilizada para producir y resulta ininteligible para su operador, para quien programa o gerencia la producción y muchas veces para quien tiene a cargo su mantenimiento. Todo debe ser previsto por los diseñadores de la máquina quienes deben conocer bien no sólo su oficio sino también el de sus clientes. Cuando se equipa una fábrica no se compra ni se “incorpora” tecnología; se compran máquinas con sus correspondientes cursos y manuales de operación. La tecnología (el conocimiento) queda en su mayor parte en poder de la empresa que concibió la maquinaria. Esto no pretende negar que la gestión de una empresa es una tarea compleja que requiere mucho más que elegir buenas máquinas y saber operarlas y mantenerlas. Incluso las actividades de proyecto y diseño, otrora asociadas exclusivamente a la sapiencia de los ingenieros, se han simplificado enormemente gracias a los nuevos sistemas informáticos. Los programas de diseño, verdaderos bienes de capital inmateriales, contienen un sinfín de algoritmos indescifrables para sus operadores especializados.
Naturalmente, existen numerosos ejemplos que rompen con la regla general y algo extrema que se expuso. Así, es común encontrar fábricas en las que existen máquinas creadas por sus propios usuarios. También existen las transferencias de tecnología mediante verdaderas ventas de conocimientos, espionaje industrial y copias obtenidas por ingeniería inversa, que es la disciplina que tiene como objetivo obtener información técnica referida a un producto a partir de su estudio. Su nombre se debe a que sigue el camino inverso al habitual en la ingeniería ya que se parte de un producto terminado disponible en el mercado y luego se obtienen los planos, especificaciones y procesos a utilizar para lograr reproducirlo o modificarlo.
El conocimiento tecnológico es sin duda una barrera que defiende a sus poseedores de los competidores potenciales y consecuentemente permite cosechar rentas extraordinarias. Las ganancias reinvertidas en investigación, desarrollo e innovación para crear más conocimiento consolidan aún más la situación ventajosa de las empresas, elevando su presencia global hasta convertirse en emporios transnacionales. Los bienes de capital son instrumentos centrales en este proceso ya que ellos condensan las tecnologías de producción.
Lamentablemente, la industria de bienes de capital en Argentina ha sufrido un deterioro considerable desde fines de la década del 70. Ramas industriales enteras han casi desaparecido, como la aeronáutica, la naval pesada o la ferroviaria. En 2003 el sector inició su recuperación pero el incremento acelerado de la demanda, generado por el crecimiento de la actividad económica, fue atendido principalmente con importaciones (Fig. 1). De esa demanda que se satisface con equipamiento extranjero una parte significativa corresponde a empresas de servicios (Fig. 2). La compra de empresas nacionales por parte de capitales extranjeros, agrava la situación ya que frecuentemente se reemplazan proveedores locales de equipamiento por extranjeros, en función de acuerdos de provisión globales establecidos en las casas matrices.
Principalmente, formado por industrias metalmecánicas y eléctrico-electrónicas, el sector de bienes de capital es muy diverso y complejo y se caracteriza por una alta participación de la mano de obra especializada. Las actividades de ingeniería y diseño, fabricación y montaje e instalación se entrelazan puesto que muchos bienes de capital se realizan como elementos únicos y singulares para adaptarse a las necesidades del cliente y en numerosas ocasiones el bien de capital sólo existe como tal cuando los trabajos de montaje en obra han transformado el conjunto de elementos y partes en un todo que cumple la función asignada. Esta característica se nota en la elevada fracción que representa el valor agregado en el valor total de la producción (Cuadro 1). Se trata de un sector formado mayoritariamente por empresas de capital nacional y de tamaño pequeño o mediano, aunque también existen empresas grandes transnacionales, especialmente en el sector camiones y maquinaria agrícola. Se estima que el empleo sectorial directo supera las 100.000 personas
Fig. 1. Inversión en bienes de capital por origen |
Las exportaciones del sector muestran un fuerte crecimiento a partir de 2003 (Fig. 3). Muchas empresas argentinas fabricantes de maquinaria y equipo exportan una parte importante de su producción. Entre los segmentos exportadores, el más destacado es el de camiones, camionetas y buses que concentra más del 60% de su valor, maquinaria agrícola, equipamiento eléctrico, equipo médico, equipo de elevación y manipulación, entre otros. En resumen, si bien el país cuenta con un sector productor de bienes de capital relativamente importante, es necesario que se tome conciencia de su papel clave en el crecimiento del acervo tecnológico nacional y consecuentemente se incentive su desarrollo.
Fig. 3. Exportaciones argentinas de bienes de capital y sus partes |