Para complicar el panorama, precio y abundancia de alimentos no son los únicos problemas que enfrentamos; si así fuera, sólo tendría que seguir el ejemplo de Nixon, nombrar Secretario de Agricultura a un Earl Butz contemporáneo y pedirle la adopción de las medidas necesarias para estimular la producción. Todo indica que el viejo enfoque ya no funcionará; por un lado, porque depende de energía barata y ya no la conseguimos; por otro lado, porque hoy para expandir la producción de la agricultura industrial, debería usted sacrificar algunos de los importantes valores en los que basó su campaña. Lo expresado me lleva a una razón de mucho mayor peso, no sólo tendrá que ocuparse del precio de los alimentos sino que una de las máximas prioridades de su gobierno será reformar el sistema alimentario; si no lo reforma no podrá solucionar la crisis del sistema de salud ni mejorar en cuanto a independencia energética o cambio climático. Al tratar de resolver estos tres temas, que sí estuvieron incluidos en su campaña, pronto descubrirá que la forma en que producimos, procesamos e ingerimos alimentos en los Estados Unidos está íntimamente relacionada con esos tres problemas y habrá que cambiar esa forma si queremos solucionarlos. Le voy a explicar.
Después de los autos, el sistema alimentario utiliza más combustible fósil que cualquier otro sector económico (19%). Los expertos no se ponen de acuerdo sobre la cifra exacta pero un estudio señala que la manera de alimentarnos aporta más gases de efecto invernadero a la atmósfera que cualquier otra actividad humana (hasta un 37%). Cuando un productor agrícola despeja y labra la tierra se liberan grandes cantidades de carbono. Durante el siglo XX, y en virtud de la industrialización de la agricultura, aumentó la magnitud de gases de efecto invernadero provocados por el sistema de producción de alimentos; los fertilizantes químicos (fabricados a partir del gas natural), los pesticidas (elaborados a partir del petróleo), la maquinaria agrícola, los modernos procesos de producción y de envase/embalaje, así como el transporte, transformaron un sistema, que en 1940 generaba 2,3 calorías de energía alimentaria por cada caloría de energía de combustible fósil utilizada, en un nuevo sistema que emplea 10 calorías de energía de combustible fósil para producir tan sólo una caloría de los alimentos hoy disponibles en los supermercados. En otras palabras, cuando ingerimos alimentos industrializados, consumimos combustible y generamos gases de efecto invernadero. La situación resulta sumamente absurda si tenemos en cuenta que cada caloría que comemos es, en última instancia, producto de la fotosíntesis –proceso basado en la elaboración de energía alimentaria a partir de la acción solar-. Este simple hecho abre un abanico de esperanzas y posibilidades.
La idea central es extremadamente simple: necesitamos que el sistema
alimentario estadounidense se desprenda
de la pesada dieta del siglo XX, con sus
combustibles fósiles, y vuelva a una dieta
moderna, regida por la energía solar.
Además de los problemas del cambio climático y de la adicción estadounidense a los combustibles, usted hizo referencia, en plena campaña electoral, a la crisis del sistema de salud. En 1960, el gasto público en materia de salud representaba el 5% del ingreso nacional, pero en la actualidad se elevó al 16%, pesada carga para la economía del país. Asegurar la salud del pueblo de los Estados Unidos depende de que esos costos se mantengan bajo control. Varios factores influyeron en el encarecimiento del sistema de salud, pero el mayor y quizás más fácil de manejar es el costo del sistema de prevención de las enfermedades crónicas. Hoy, en nuestro país, 4 de las 10 principales causas de muerte son las enfermedades crónicas relacionadas con la dieta: cardiopatías, derrame cerebral, diabetes tipo 2 y cáncer. No por casualidad los años en que el gasto público en el cuidado de la salud subió del 5 al 16% del ingreso nacional, el gasto en alimentos disminuyó en un porcentaje bastante parecido, del 18% a algo menos del 10% del ingreso familiar. Si bien la abundancia de calorías baratas producidas por nuestro sistema alimentario desde fines de la década del 70 fue razón suficiente para no incluir los precios de los alimentos en la agenda de gobierno, sí tuvo gran incidencia en la salud pública. No espere reformar el sistema de salud y mucho menos ampliar su cobertura sin hacer frente a la dieta estadounidense, catastrófica en términos de salud pública.
El impacto del sistema alimentario estadounidense en el resto del planeta también tendrá consecuencias en las relaciones exteriores y comerciales. Más de 30 países sufrieron disturbios por escasez de alimentos en los últimos meses, hasta el punto en que cayó el gobierno de uno de ellos. Si el precio de los granos se mantiene elevado y hay escasez, advertirá que el péndulo se aleja del libre comercio, al menos en lo que a alimentos respecta. Los países que abrieron sus mercados y permitieron la invasión de granos baratos (por presiones de los gobiernos que le precedieron, así como del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional) perdieron infinidad de productores agrarios y ahora se dan cuenta de que para alimentar a sus pueblos dependen de decisiones tomadas en Washington (como la apresurada adopción de biocombustibles de su antecesor en la Casa Blanca) y en Wall Street. Hoy esos países se desvelan por reconstruir sus sectores agrícolas e intentan protegerse erigiendo barreras aduaneras. Seguramente escuchará frases del tenor de “soberanía alimentaria” y “seguridad alimentaria” de boca de los líderes extranjeros con los que dialogue. No sólo fracasó la Ronda de Doha, sino también la causa del libre comercio de bienes agrícolas, víctima de la política de alimentos baratos que hasta hace unos dos años parecía la salvación de todos. Una de las mayores paradojas de nuestros días es que las mismas políticas que favorecieron la sobrenutrición del primer mundo hoy provocan la subnutrición del tercero. Estamos frente a una de las mayores paradojas de nuestra época, tener demasiados alimentos es tan problemático como carecer de ellos. Debemos aprender esta lección para aplicar un nuevo enfoque a la política alimentaria.
Los países ricos y pobres, que enfrentan alzas en los precios de los alimentos, deben recordar forzosamente que los alimentos son cuestión de seguridad nacional. Si una nación pierde la capacidad de procurarse alimentos, no sólo queda a merced del mercado global de commodities sino de otros gobiernos. No sólo se trata de tener acceso a los alimentos, que pueden ser retenidos por un estado hostil, sino de la seguridad; los recientes escándalos en China demuestran que ejercemos escaso control sobre los alimentos importados. Una deliberada contaminación de nuestros alimentos haría peligrar la seguridad nacional. Tommy Thompson, Secretario de Salud y Servicios Sociales, lanzó una espeluznante advertencia durante la conferencia de prensa que ofreció en el año 2004 para despedirse: “juro por mi vida que no entiendo porqué si es tan fácil, los terroristas no han atacado nuestras fuentes de alimentos”.
La mala noticia es que las políticas heredadas sobre alimentos y agricultura –concebidas para elevar a toda costa la producción y apoyarse en energía barata– provocaron un caos y urge terminar con él. La buena noticia es que las crisis de alimentos y energía van de la mano y están creando el ambiente político en el cual, por primera vez en muchos años, será factible reformar realmente el sistema alimentario. Es la primera vez en décadas que los estadounidenses se preocupan por los alimentos y tienen en cuenta tanto precios cuanto seguridad, origen y sanidad. Crece la conciencia de que el sistema de industrialización de alimentos no funciona. Prueba de ello es que prosperan los mercados de alimentos alternativos –orgánicos, producidos localmente, con manejo de pasturas y conceptos humanitarios-. La combinación de estos aspectos da sustento político para generar un cambio, que no sólo proviene de la izquierda, últimamente también los conservadores se muestran proclives a la reforma. Al referirse al regreso a las economías alimentarias locales, a las comidas tradicionales (y familiares) y a la agricultura sustentable, la revista American Conservative consignó en su editorial del último verano: “es la causa más genuinamente conservadora que haya existido”.
Se pueden mover muchas piezas dentro del nuevo programa alimentario que le insto adoptar; sin embargo, la idea central es extremadamente simple: necesitamos que el sistema alimentario estadounidense se desprenda de la pesada dieta del siglo XX, con sus combustibles fósiles, y vuelva a una dieta moderna, regida por la energía solar. Admito que es más fácil decirlo que hacerlo, el combustible fósil está profundamente enraizado en nuestras formas de producción y consumo de alimentos. Volver a un sistema regido por la acción solar implica adoptar políticas que cambiarán el funcionamiento de cada eslabón de la cadena alimentaria: en el campo, en la forma en que se procesan y comercializan los alimentos y hasta en las cocinas y en las mesas de los hogares estadounidenses. Agradezcamos que el sol aún ilumine nuestras tierras y que la fotosíntesis aún obre maravillas dondequiera que se dé. Seguramente los alimentos constituirán el área más apta para dejar de depender de los combustibles y volver a la acción de la energía solar.
| * Carta abierta publicada el 12 de octubre pasado, en The New York Time Magazine. |
|
Si Ud. desea agregar un comentario: Clickee aquí
| |
| Fecha |
2009-03-13 01:13:57 |
| Nombre |
María Matilla |
| Titulo |
¿agricultura orgánica? |
| Comentario |
Conozco varios productores de La Pampa que, por apostar a la agricultura orgánica, les fue pésimo económicamente. Las buenas intenciones tenfrían que verse retribuidas...se necesita un Estado que fomente, que acompañe, que capacite al productor en este tipo de producción y, fundamentalmente, que no ponga obstáculos para comercializar lo producido...No es confiscando la producción como se logra soberanía alimentaria...eso destruye el tejido agrícola y una incontable cantidad de consecuencias conexas...Recomponerlo será más costoso que todo lo que pudo haber recaudado un Estado en su intento fallido de lograr productos propios baratos y cantidad suficiente para abastecer el consumo interno...
No obstante, considero que nuestro país podría estar en buenas condiciones de intentar un camino hacia este tipo de producciones; cuenta con muchos factores favorables: poca cantidad de habitantes, amplia y fértil superficie cultivable, escasa polución ambiental, sistemas tecnológicos aún no demasiado sofisticados (salvo zona núcleo), cultura e identidad relacionada fuertemente con una vida rural de costumbres vinculadas con la Naturaleza, región de paz, desvinculados de conflictos o guerras internacionales...
En fin, sería un camino largo, sinuoso,con algunas espinas...pero si se ve luz al final, sería una alternativa estratégica en el campo de las políticas agroalimentarias de nuestro país o, incluso, de Latinoamérica... |
| |
| Fecha |
2009-04-01 07:54:43 |
| Nombre |
Ana Clara |
| Titulo |
Consumo sustentable |
| Comentario |
Esta nota es un claro ejemplo de que el desarrollo sustentable de las naciones va de la mano con el concepto de “consumo sustentable”, en donde se concibe el diseño de productos no como “producir para vender ilimitadamente” si no, producir de manera que el consumo de los recursos implicados (materias primas, mano de obra, energía, etc) no signifique la depredación de los mismos. Este concepto debe extenderse también a los hábitos de las naciones de manera seria y responsable, porque ya está demostrado que gracias a la adopción de modelos donde no se evalúa la sustentabilidad de los mismos, trae como consecuencia, entre otros males, una apertura cada vez mayor entre los que más y menos tienen. |
|