Instituto Nacional de Tecnología Industrial
Secretaría de Industria,
Comercio y Minería

Ministerio de la Producción

SUMARIO
EDITORIAL
Joya, nunca bronce
Usemos lo que hay en el cajón
Seda china de Tartagal
El apoyo al trabajo popular
41 años en cuero
Informaciones
y grageas
INCALIN
El tabaco salteño, una fuente de trabajo
Bicicletas for export
La tertulia de marzo - Charlas gratuitas del mes
CONTACTENOS
 
 



Invitación de la gente del INTI al diálogo sobre la relación
entre la tecnología y la calidad de vida de los argentinos.

EDITORIAL

¿Quién pierde si trabajamos mal?
Por Enrique M. Martínez*

Cuando hablamos de ineficiencia, la primer imagen se dirige a la calificación de la ineficiencia en el sector público. Desde siempre se ha dicho y creído que cuando en una oficina pública hay gente de más, esto perjudica a todos, por el gasto inútil que implica. Es cierto. Es una obviedad.
Sin embargo, cuando en una actividad privada, no se usa con inteligencia el esfuerzo de todos o de algunos, ¿quién pierde? Un planteo liviano diría que el problema es del empresario, porque irá a la quiebra. Un poco más realista sería admitir que también sus empleados tienen un problema, porque se quedarán sin trabajo, desplazados por la competencia. Definitivamente realista sería sostener que no necesariamente el destino de una empresa ineficiente es desaparecer. Depende de cual sea la posibilidad del empresario de derivarle a otro u otros el problema causado por la falta de competitividad.
Esto es: Si la falta de eficiencia productiva se compensa pagando menos impuestos, se va tirando.
Si se reducen los salarios pagados, para obtener una ganancia, también se va tirando. Si se consigue una forma de venderle a alguien, que pague más caro que lo normal, - el Estado por ejemplo - se logra llegar al mismo resultado.
Si la empresa se basa sobre un recurso natural, sobre todo en un país de base agropecuaria, siempre queda el camino de arrendar el predio a un tercero y convertirse en rentista.
Sólo cuando evadir impuestos, bajar los salarios, venderle a un cliente bobo o arrendar la propiedad no alcanza, sólo entonces, la empresa ineficiente desaparece.
En la Argentina se calcula que hay una evasión impositiva de más del 30 por ciento de la recaudación del IVA, el trabajo en negro supera el 40 por ciento, el salario real es igual al de hace 30 años, el Estado siempre pagó sobreprecios y una proporción mayor del 35 por ciento de la tierra arable se arrienda. Por lo tanto, a pesar de los cierres de empresas de los últimos años, es claro que muchos otros empresarios intentaron y pudieron pasarle el problema a otro. En tal caso, ¿quién perdió? La respuesta es rotunda: TODOS, en proporción inversa al poder ejercido para sacarse de encima el fardo. Además, cuando la distribución del poder es muy asimétrica, como sucede en Argentina, los que más tienen, al tratar de salvarse, empujan hacia el deterioro creciente, al trasladar a los más débiles, una y otra vez, todo problema derivado de esta incapacidad para agrandar la torta, destruyendo así el mercado para los bienes que fabrican.
Podrá parecer solemne y tecnocrático sostener que la ineficiencia productiva destruye el tejido social y aumenta la desigualdad. Sin embargo, es exactamente así. Cada vez que el valor agregado no alcance, habrá tironeos y allí el más fuerte se quedará con demasiado y como lo enseñan las crisis argentinas, aún con más de lo que tenía al principio de la puja.
Solo que hay eficiencias y eficiencias. Mejorar la productividad de una empresa poniendo máquinas importadas, en lugar de trabajadores, que luego no encuentran trabajo en esa empresa ni en ninguna otra, significa reducir la productividad a escala de toda la comunidad, más que aumentarla. Construir un aparato que ahorre esfuerzos; diseñar un nuevo proceso o un nuevo bien; eliminar tiempos mal utilizados para producir más con más gente o aún con la misma; todo lo que implique pensar con muchos y para todos; ese es el camino que nos aleja de la trampa.

* Presidente del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial)