¿Quién pierde si trabajamos mal?
Por Enrique
M. Martínez*
Cuando
hablamos de ineficiencia, la primer imagen se dirige a la calificación
de la ineficiencia en el sector público. Desde siempre
se ha dicho y creído que cuando en una oficina pública
hay gente de más, esto perjudica a todos, por el gasto
inútil que implica. Es cierto. Es una obviedad.
Sin embargo, cuando en una actividad privada, no se usa con
inteligencia el esfuerzo de todos o de algunos, ¿quién
pierde? Un planteo liviano diría que el problema es del
empresario, porque irá a la quiebra. Un poco más
realista sería admitir que también sus empleados
tienen un problema, porque se quedarán sin trabajo, desplazados
por la competencia. Definitivamente realista sería sostener
que no necesariamente el destino de una empresa ineficiente
es desaparecer. Depende de cual sea la posibilidad del empresario
de derivarle a otro u otros el problema causado por la falta
de competitividad.
Esto es: Si la falta de eficiencia productiva se compensa pagando
menos impuestos, se va tirando.
Si se reducen los salarios pagados, para obtener una ganancia,
también se va tirando. Si se consigue una forma de venderle
a alguien, que pague más caro que lo normal, - el Estado
por ejemplo - se logra llegar al mismo resultado.
Si la empresa se basa sobre un recurso natural, sobre todo en
un país de base agropecuaria, siempre queda el camino
de arrendar el predio a un tercero y convertirse en rentista.
Sólo cuando evadir impuestos, bajar los salarios, venderle
a un cliente bobo o arrendar la propiedad no alcanza, sólo
entonces, la empresa ineficiente desaparece.
En la Argentina se calcula que hay una evasión impositiva
de más del 30 por ciento de la recaudación del
IVA, el trabajo en negro supera el 40 por ciento, el salario
real es igual al de hace 30 años, el Estado siempre pagó
sobreprecios y una proporción mayor del 35 por ciento
de la tierra arable se arrienda. Por lo tanto, a pesar de los
cierres de empresas de los últimos años, es claro
que muchos otros empresarios intentaron y pudieron pasarle el
problema a otro. En tal caso, ¿quién perdió?
La respuesta es rotunda: TODOS, en proporción inversa
al poder ejercido para sacarse de encima el fardo. Además,
cuando la distribución del poder es muy asimétrica,
como sucede en Argentina, los que más tienen, al tratar
de salvarse, empujan hacia el deterioro creciente, al trasladar
a los más débiles, una y otra vez, todo problema
derivado de esta incapacidad para agrandar la torta, destruyendo
así el mercado para los bienes que fabrican.
Podrá parecer solemne y tecnocrático sostener
que la ineficiencia productiva destruye el tejido social y aumenta
la desigualdad. Sin embargo, es exactamente así. Cada
vez que el valor agregado no alcance, habrá tironeos
y allí el más fuerte se quedará con demasiado
y como lo enseñan las crisis argentinas, aún con
más de lo que tenía al principio de la puja.
Solo que hay eficiencias y eficiencias. Mejorar la productividad
de una empresa poniendo máquinas importadas, en lugar
de trabajadores, que luego no encuentran trabajo en esa empresa
ni en ninguna otra, significa reducir la productividad a escala
de toda la comunidad, más que aumentarla. Construir un
aparato que ahorre esfuerzos; diseñar un nuevo proceso
o un nuevo bien; eliminar tiempos mal utilizados para producir
más con más gente o aún con la misma; todo
lo que implique pensar con muchos y para todos; ese es el camino
que nos aleja de la trampa.
*
Presidente del INTI (Instituto Nacional de Tecnología
Industrial)