Invitación de la gente del INTI al diálogo sobre la relación entre la tecnología y la calidad de vida de los argentinos.


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EDITORIAL

La tecnología y la cantidad de trabajo
Por Enrique M. Martínez*

Hay algunos prejuicios instalados en la comunidad que debilitan la posibilidad de incorporar a la tecnología como determinante del progreso.
El primero es que la tecnología destruye empleo. La imagen es la de una máquina reemplazando obreros, que por supuesto pierden con el cambio. Esta visión pone a la tecnología al servicio del empresario, más que de la comunidad, con lo cual desaparecerían las razones para ver con alegría la incorporación de equipos o procesos, que reduzcan el esfuerzo humano necesario para obtener un determinado bien.
En lugar de encarar la tecnificación con esperanza, deberíamos actuar con resignación, partiendo de la base que si no se recorre ese camino, la competencia sí lo hará y provocará la desaparición de nuestra empresa, por sus menores costos.
Vendría a ser algo así: mejor salvar una parte (el empresario y los obreros que queden) antes que perder todo.
Lo anterior no es un escenario falso. Pero está definido desde una derrota anunciada. Las máquinas que reemplazan obreros son creadas y fabricadas por otros trabajadores, normalmente de mejor formación técnica que los desplazados. Por lo tanto, poner máquinas donde había obreros significa reducir trabajo de baja calificación y aumentar el de alta calificación. Como país, cierra, si hay un esfuerzo sistemático de facilitar el tránsito laboral hacia tareas de complejidad creciente. Si el conocimiento no interesa, en cambio, las máquinas no se producen localmente, se importan. Aquel escenario resignado se valida, pero en tal caso es consecuencia de que tampoco interesa la educación, la equidad, el destino común. Dicho de otra manera: la tecnología destruye empleo, pero sólo en los países injustos.
El segundo prejuicio - subproducto del anterior - es que quienes se ocupan de la tecnología, deben sólo concentrarse en pensar cómo ahorrar trabajo en el proceso de producción de un bien determinado.
Como una consecuencia directa, pensar equipos o procesos para ocupar a algunos de los 3 millones de desocupados actuales, no sería serio ni necesario. No es necesario - se dice - porque los desocupados se emplearán cuando crezca la actividad de las empresas que ya funcionan, que pasarán a demandar más gente. No es serio - se dice - porque los trabajadores autónomos o los pequeños nuevos emprendimientos que podrían formarse deberían utilizar técnicas conocidas, que se pueden obtener de muchos lugares con acceso simple y por lo tanto, basta con su iniciativa propia.
Pensamos distinto. Casi lo opuesto.
Es necesario, ante todo, porque estamos hoy todavía en un país injusto, que cuando moderniza su industria existente, expulsa trabajo, ya que el grueso de sus bienes de capital los importa. Puede haber crecimiento del producto y de la desocupación simultáneamente, si es que el sistema funciona en piloto automático. Por lo tanto, la promoción y asistencia técnica para la generación de nuevas empresas, muchas de ellas muy pequeñas, orientadas a producir bienes básicos que reduzcan el subconsumo de los actuales desocupados, deben formar parte de cualquier estrategia de desarrollo.
Es serio, porque el mero hecho de sacar una información de un libro, por más amarillas que estén sus hojas, y ponerla a disposición de alguien que quiere transformar la naturaleza, guiándolo en su camino en términos prácticos y efectivos, es crear conocimiento, es crear tecnología. Más allá de la información histórica o de manual, por otra parte, dar vida a un nuevo emprendimiento necesita mucha creación técnica adicional. Podría hacer referencia a cuestiones casi obvias, como el diseño del producto o de su envase, que a menudo deciden la suerte del intento.
Sin embargo, también en tecnologías de proceso hay mucho trabajo pendiente. Diseñar plantas pequeñas y competitivas para la industria láctea, de tratamiento de soja, azucarera o de procesamiento de carnes blancas o rojas, por mencionar sólo algunos ejemplos del sector alimenticio, son tareas imperativas y pendientes. Articular los segmentos de la industria de la madera o del cuero, también es una demanda técnica que espera. Se puede agregar la electrónica o la mecánica de precisión, o aún algunos productos medicinales, ya pensando en los egresados de la universidad argentina, usualmente predispuestos a buscar empleo en el exterior ante la falta de un marco para ser emprendedores en su país. Mucha tarea posible en grupos pequeños, con conocimiento de densidad variable, pero siempre mejorando la capacidad de asir la naturaleza y controlarla. ¿Qué mejor definición para la tecnología?
La Argentina tiene por delante un desafío heterodoxo: generar tecnología para aumentar el trabajo local, en lugar de pensar en cómo reducirlo. A la inversa del prejuicio tradicional, eso será posible si trabajamos con sentido comunitario, detrás de una visión más justa. Será.